10 de septiembre de 2016

Novedades de la nueva serie de Sylvia Day "The Blacklist" + Primer Capítulo

Hace momentos me encontraba respondiendo todos los comentarios -sin responder- del blog, así que me di cuenta que el último post que realice sobre la autora Sylvia Day es uno de los más visitados y comentados, pues desde el día de su publicación no volví a comentar nada sobre el tema.
   Como sabrán Sylvia Day había dado a conocer que publicaría una nueva serie titulada "The Blacklist" algo que nos emociono mucho, ahora luego de meses y una visita repida a su Web tengo nuevos detalles que contarles.

So Close

So Close es el título del primer libro de The Blacklist. Esta historia es la primera de una planeada duología con una entrega emocional y con la marca abrazadora, sensual y poderosa narración con la que nos tiene acostumbrada Sylvia Day.
Lily despierta algo que Kane pensó era demasiado cínico para sentir. La suya es una relación volátil y erótica que se vuelve aún más fuerte cuando ella descubre un secreto que logra sacarla de la vida de Kane para siempre. ¿verdad? El destino pone a Lily de nuevo en el camino de Kane… aunque sus fortunas se han revertido drásticamente.
Por los momentos no hay una fecha en concreto de publicación pero se espera que sea para la mitad del 2017, y algo muy curioso es que la historia será narrada por terceras personas, -quienes rodean al protagonista- y no por el autor o los protagonistas mismos como novelas anteriores de Day.

Primer Capítulo

En el momento en que la elegante morena entra por la puerta, sé que mi jefe la va a seducir. Ha llegado del brazo de otro hombre, pero eso no importa. Sucumbirá. A todas les pasa.
El parecido de esa mujer con las fotografías que el señor Black guarda como un tesoro es inconfundible. Es completamente su tipo: cabello luminoso y moreno, ojos azul brillante, piel pálida y labios rojos.
Los saludo a los dos con un ligero movimiento de cabeza.
—Buenas noches. ¿Me dan sus abrigos?
El caballero la ayuda mientras yo lanzo una mirada hacia la sala de estar para asegurarme de que los camareros están presentes pero actúan con discreción, sirviendo canapés y bebidas mientras retiran los vasos y los platos vacíos.
Manhattan se extiende como una manta de luces centelleantes al otro lado de los grandes ventanales del ático. La fiesta es un banquete de etiqueta para celebrar el nacimiento de una nueva empresa, cosa que el señor Black hace a menudo, rodeándosede gente, como si eso compensara la vida de la que carece en su interior.
Su casa es un exceso de cristal, acero y piel, sin color ni calidez algunos. Aun así, resulta un espacio cómodo, si no acogedor, lleno de objetos enormes cuidadosamente colocados para que la estancia siga siendo abierta y espaciosa. El escaparate ideal para la agitadora tormenta de energía que mi jefe desprende. Me pregunto si su preferencia por los blancos y los negros es un reflejo de su visión del mundo. Incoloro. Sin vida. Busco por un momento al señor Black y observo su reacción ante la recién llegada. Veo lo que me esperaba: una repentina quietud en su energía cuando la ve y la contempla con ojos ávidos. Mientras la observa, su mandíbula se tensa. Los síntomas son sutiles, pero noto su horrible decepción y la consecuente oleada de rabia.
Esperaba que hubiera sido ella, Lily, la mujer cuya imagen adorna todas sus
habitaciones más privadas. Yo no conocí a Lily; desapareció de su vida antes de que contratara mis servicios. Sé su nombre solamente porque lo pronunció una vez, durante una noche en la que bebió mucho y se volvió medio loco. Y conozco la fascinación que ella le causaba. La siento cuando miro la enorme fotografía que cuelga encima de su cama.
Sus imágenes son los únicos puntos de color de toda la casa, pero no es eso lo que las hace tan llamativas. Son sus ojos, y la absoluta confianza y el feroz deseo que uno ve en ellos. Quienquiera que fuera Lily, amó a Kane Black con toda su alma.
—Gracias —dice la morena cuando su acompañante me da su abrigo. Me habla a mí, pero el señor Black ya ha captado su atención y lo está mirando. Es imposible no fijarse en él, pues es una oscura tempestad que sólo podría ser contenida por una notable fuerza de voluntad.
Últimamente se le conoce como el soltero de oro de Manhattan, pues el anterior merecedor de tal título acaba de anunciar en la televisión del país que se ha casado. El señor Black no tiene aún los treinta años y es ya lo suficientemente rico como para permitirse contar conmigo, un factótum perteneciente a una séptima generación de impecable estirpe británica. Es un hombre joven y carismático, de esos por los que las mujeres se sienten atraídas sin hacer caso alguno a su instinto de supervivencia. Mi hija me dice que está bendecido por una belleza masculina poco común y por algo que ella
asegura que es aún más cautivador: un puro magnetismo animal. Dice también que su inaccesibilidad lo hace completamente irresistible.
Sin embargo, me temo que se trata de algo más que una pose. Dejando a un lado sus muchas relaciones sexuales, el señor Black hace honor a su oscuro apellido.
Entregó su corazón a Lily y lo perdió en el momento en que la perdió a ella. Ahora, lo único que queda es el armazón de un hombre al que quiero como si fuese mi propio hijo.


—¿La has acompañado a la puerta?
El señor Black entra en la cocina a la mañana siguiente, vestido con un inmaculado traje hecho a medida y una corbata perfectamente anudada. No usaba ninguna de esas prendas de vestir antes de que me contratara. Yo lo adiestré en el bello arte de la ropa de caballero confeccionada a medida y él asimiló toda esa información con un ansia de conocimiento que supe que era insaciable. Juzgando por las apariencias, apenas se podía ver al joven inculto que me había contratado. Se había transformado, tarea a la que se dedicó con una decidida fiereza. Me vuelvo y dejo su desayuno sobre la isla de la cocina, perfectamente dispuesto entre la cubertería de plata que ya he colocado. Huevos, beicon, fruta fresca…, sus alimentos básicos.
—Sí, la señorita Ferrari se ha ido mientras usted estaba en la ducha.
Me mira enarcando una ceja.
—¿Ferrari? ¿En serio?
No me sorprende que no le haya preguntado su nombre. Sólo me entristece. No le importa quiénes son. Sólo que se parecen a Lily.
Extiende la mano hacia el café que le pongo delante, con la mente visiblemente concentrada en su plan de ataque para ese día después de que su última amante haya desaparecido para siempre de sus pensamientos. Rara vez duerme y trabaja demasiado.
Tiene unos surcos profundos a ambos lados de su boca que no son propios de un hombre tan joven. Lo he visto sonreír e incluso he oído su risa, pero esa diversión nunca aparece en sus ojos.
Una vez le dije que debía intentar disfrutar de todo lo que ha conseguido. Él me respondió que disfrutaría más de la vida cuando estuviese muerto.
—Hiciste un estupendo trabajo con la fiesta de anoche, Witte —dice de forma
bastante distraída—. Como haces siempre. —Su boca se curva con una media sonrisa —. Pero, aun así, nunca está de más decirte que te lo agradezco, ¿verdad?
—No, señor Black. Gracias.
Le dejo comer y leer el periódico del día mientras me dirijo por el pasillo hacia la zona privada de la residencia que no comparte con nadie. La enigmática y bella señorita Ferrari ha pasado la noche en el extremo opuesto del ático, un espacio que no cuenta con el espectro visual de Lily.
Me detengo en la puerta de la suite principal y noto la humedad que aún queda tras la reciente ducha. Mis ojos se ven atraídos hacia el enorme lienzo que cuelga de la pared que tengo justo delante. Se trata de una imagen íntima. Lily está tumbada sobre una cama deshecha, sus esbeltas piernas están enredadas en una sábana blanca y su pelo largo y negro se extiende por una almohada arrugada. Su deseo sensual es de una intensidad evidente, con los labios enrojecidos e hinchados tras los besos, un rubor en sus pálidas mejillas y sus adorables ojos entornados con una expresión de deseo.
¿Cómo murió? ¿En un trágico accidente? ¿Por una cruel enfermedad?
Era muy joven, apenas una mujer. Ojalá hubiese conocido a mi jefe cuando estaba con ella. Menuda fuerza de la naturaleza debía de haber sido entonces.
No puedo evitar estar apenado. Es una lástima que dos llamas tan luminosas se apaguen antes de llegar a la plenitud de la vida.

Cuando me incorporo al tráfico con el Range Rover, oigo al señor Black dando órdenes por el móvil. Apenas son las ocho de la mañana y ya está imbuido en la gestión de los distintos brazos de su creciente conglomerado de empresas.
Manhattan rebosa de vida a nuestro alrededor, el desbordante río de coches fluye en todas direcciones. En algunos lugares se amontonan bolsas de basura de un metro de alto sobre las aceras esperando a que se las lleven. Cuando llegué a Nueva York por primera vez me desconcertó esa visión, pero ahora forma parte del entorno.
He llegado a disfrutar de la ciudad en la que ahora vivo, tan distinta de los ondulantes valles verdes de mi país. No hay nada que no se pueda encontrar en esta pequeña isla, y la energía de la gente…, su diversidad y complejidad… no tienen rival.
Dirijo la mirada una y otra vez desde el tráfico hacia los peatones. Por delante de nosotros, la calle de sentido único está cortada por un camión de reparto. En la acera de la izquierda, un hombre con barba maneja con destreza media docena de correas mientras lleva a un grupo de excitados perros en su paseo matutino. En el lado derecho, una madre con atuendo deportivo empuja un carrito por delante de ella en dirección al parque. El sol brilla, pero los rascacielos y los árboles llenos de hojas ensombrecen la calle. Empiezan a oírse fuertes sonidos de claxon a medida que el parón del tráfico se alarga.
El señor Black continúa con sus conversaciones de trabajo con tranquilidad y
seguridad, con voz calmada y firme. Los coches comienzan a avanzar y, a continuación, ganan velocidad. Nos dirigimos hacia el sur de la ciudad. Durante breves momentos, somos bendecidos por varios semáforos en verde. Después, nuestra suerte se agota y me detengo ante otro en rojo.
Una riada de personas caminan rápidamente por delante de nosotros, la mayoría con la cabeza agachada y unos cuantos con auriculares, que supongo que les proporcionan un respiro de los ruidos de la ajetreada metrópoli. Miro la hora para asegurarme de que seguimos cumpliendo el horario previsto.
Un repentino sonido de dolor me hiela la sangre. Se trata de un gemido entrecortado que apenas parece humano. Giro la cabeza de inmediato y miro alarmado hacia el asiento de atrás.
El señor Black está inmóvil y en silencio, sus ojos oscuros como el carbón, su piel bronceada carente de todo color. Dirige la mirada hacia los peatones que cruzan. Yo también miro en esa dirección para ver qué sucede.
Una chica morena y delgada se aleja corriendo de nosotros antes de que se cierre el semáforo. Lleva el pelo corto a la altura de la nuca y más largo por los lados, alrededor de las mejillas. No es en absoluto la exuberante melena de Lily. Pero cuando se vuelve y sigue por la acera, creo que sí puede ser su rostro. 
La puerta de atrás se abre de pronto. El señor Black sale dando un salto a la vez que el semáforo cambia a verde. El taxista que está detrás de nosotros hace sonar su claxon, pero yo oigo el grito de mi jefe por encima de él.
—¡Lily!
Ella mira hacia nosotros. Tropieza. Se queda inmóvil. Su rostro palidece, lo mismo que el del señor Black. Veo que mueve sus labios a la vez que pronuncia el nombre: «Kane».
Sí, todo el mundo conoce el atractivo rostro de él y lo que ha conseguido, pero la sorpresa al reconocerlo es íntima e inconfundible. Lo mismo que la añoranza que no puede ocultar.
Es ella.
El señor Black mira hacia el tráfico y, a continuación, se lanza entre los coches en movimiento y está a punto de provocar un accidente. El aluvión de pitidos se vuelve ensordecedor.
El penetrante sonido la sobresalta visiblemente. Echa a correr abriéndose paso por la abarrotada acera con evidente pánico, su vestido verde esmeralda convertido en un rayo de luz entre la multitud.
Y el señor Black, un hombre que siempre consigue lo que quiere, va tras ella.

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