26 de agosto de 2013

Primer Capitulo: Make Me Yours de Kendall Ryan

Make Me Yours de Kendall Ryan 
Unravel Me #2

1
No importa cómo lo llevas, ser la tercera rueda apesta. 
Me deslicé hacia el borde opuesto de la manta de picnic, deseosa de distanciarme de la muy pública manifestación de afecto de Ashlyn y Aiden. Había llegado a mi límite cuando Aiden se inclinó sobre mi amiga y la alimentó con una fresa, besando sus labios mientras masticaba.
Tuve arcadas.
Ellos habían estado saliendo desde hacía ya un año, luego de conocerse durante una investigación amnésica. Aiden fue el paciente y Ashlyn, como becario estudiante de medicina, lo estaba estudiando. En ese momento lo había considerado inapropiado, pero había llegado a aceptar que ellos estaban bien juntos. Eso no significaba que a veces no era nauseabundo estar a su lado. Lo aguantaba porque amaba a Ashlyn como a una hermana, y ella estaba feliz. Sin embargo, eso no quería decir que tenía que ser un gallito ciego con ellos. Y la hermosura jugando al fútbol en el parque, con su amigo igualmente delicioso, era mi próxima víctima.

Le lancé una uva a Ashlyn para llamar su atención. Estaba un poco distraída, con su lengua alojada en la boca de Aiden. La uva rebotó en la parte posterior de su cabeza y se volvió hacia mí, confundida.
—Oye, mira esa fina pieza de carne varonil. A las dos. —Hice un gesto de cabeza, señalando a su derecha.
Ashlyn echó un vistazo y sonrió. —¿El rubio? ¿Pantalones cortos azules? 
Asentí. Él lanzó el balón por el aire en una espiral perfecta, y hacia la mano de su amigo, esperándola.
—Parece un poco joven —dijo.
Rodé los ojos. —Su amigo no está mal tampoco. Los dos juntos puede ser divertido.
—Sólo ten cuidado. —Se encogió de hombros y me dio un guiño—. Adelante, chica. Vamos a esperar aquí.
Ni siquiera había tenido tiempo de pensar en mi siguiente movimiento, cuando el balón que el Sr. adorable y su amigo estaban tirando aterrizó a mis pies. Eso sería más fácil de lo que pensaba. Como quitarle un caramelo a un niño.
Me levanté y sacudí mis jeans, inclinándome casualmente para recuperar el balón. Lo metí contra mi cadera, y me acerqué a ellos. Me observaron hacerlo. El amigo estaba sonriendo, pero el Sr. adorable era más reservado.
—Creo que se les cayó esto. —Lancé la pelota en sus manos. Él la atrapó con facilidad. Gracias a mi hermano mayor, yo en realidad sabía cómo lanzar una pelota de fútbol. Me imaginé que él me invitaría a su juego, o haría algún comentario sugerente sobre tocar la bola, pero en cambio se limitó a sonreír.
—Gracias. —Se dio la vuelta y le lanzó la pelota a su amigo, quien todavía me estaba mirando y perdió el pase completo.
Tenía. Que. Estar. Bromeando.
Lo que sea. Rechazada, regresé a la manta de picnic y me dejé caer.
Ashlyn captó mi estado de ánimo y se acercó más a mí, abandonando a Aiden por el momento. —¿Estás viendo el Profesor Gibson esta noche? —preguntó, tratando de sacar una conversación. Aprecié su esfuerzo por distraerme de aquel épico fracaso, e impedir que me sintiera como si estuviera molestando en un momento de intimidad entre ellos.
—Nop. Tiene a su hijo esta noche. Y llámalo Stu… Profesor Gibson es espeluznante.
—¿Has conocido a su hijo? —preguntó Aiden.
—Definitivamente no. No estamos saliendo. Nos estamos acostando —le aclaré.
—De acuerdo. —Ashlyn se rió y negó con la cabeza—. Estás más emocionalmente dañada de lo que yo pensaba.
—A mí me funciona. —Me encogí de hombros. Era la pura verdad. Yo no estaba buscando una relación, y Stu, cuyo divorcio aún seguía fresco, sin duda no estaba bien. Era la perfecta organización. Tenía treinta y seis años, recientemente soltero, con un hijo de cuatro años de edad. Era profesor en la escuela de negocios, por lo que nuestros caminos no se cruzaban en el mundo académico. Lo que era bueno. Hacía que las cosas no se volvieran complicadas. Teníamos buen sexo. Era tan simple como eso. Lo conocí en un evento de caridad patrocinado por la universidad y lo había estado viendo un par de veces a la semana durante el último mes. Era agradable tener sexo regular con un tipo atractivo y normal, sin ningún tipo de drama o expectativas más allá de disfrutar el momento. Así que, así era mi versión retorcida de perfección, pero yo sabía que era todo lo que estaba preparada para manejar en ese momento.
Después de unos insatisfactorios minutos más de ver a Ashlyn abrazar a Aiden y ser ignorada por los chicos en el césped, tomé mi bolso y les dije que me estaba yendo, consiguiendo a cambio un vago movimiento de manos en señal de saludo.
No fue un largo camino de regreso, sólo eran unas pocas cuadras. No tuve tiempo siquiera de buscar mi teléfono celular en mi bolso para distraerme.
Alquilaba una gran casa en una esquina importante de un hermoso barrio de la ciudad. Tenía la primer y segunda planta toda para mí y yo sabía que el dueño estaba lentamente trabajando para restaurar el resto del edificio, la última planta, con su antigua elegancia de 1920.
Pasos rápidos viniendo detrás de mí llamaron mi atención, y me di la vuelta. El chico del parque estaba corriendo hacia mí.
Aw, había venido a hacer las paces. Probablemente no quería compartirme con su amigo.
Yo había llegado a la puerta de hierro forjado en el pasillo de mi casa, por lo que me detuve y esperé, poniendo la mano en mi cadera, mirando mientras él corría los últimos pasos.
Se había quitado la camiseta y ahora sólo llevaba un par de pantalones cortos colgando bajo en sus caderas, y zapatillas de deporte. Su pecho y estómago eran lisos y tonificados, me recordaba extrañamente a uno de esos deslizadores de agua que usaban los niños para jugar. Redujo la velocidad hasta detenerse y se inclinó, apoyando las manos en las rodillas. Su pecho subía y bajaba con cada respiración profunda, tirando de mí en un trance mientras lo veía.
Estaba tratando de pensar una línea ingeniosa con la cual comenzar, cuando él se levantó y me miró. Sus ojos eran de un precioso tono azul profundo, y su bronceado del verano aún tenía que desaparecer, dándole a su piel un brillo dorado agradable. Llevaba el balón bajo el brazo y su camiseta amontonada en la otra mano. Podría haber sido un maldito modelo de Ralph Lauren. No muy a menudo me sentía fuera de lugar, o sin palabras, pero él me hacía sonrojar y silenciarme momentáneamente sólo por su dominante presencia física.
Lo vi erguirse varios centímetros por encima de mí. Le sonreí y forcé una respiración, recuperándome ligeramente. —¿Ahora me acechas?
Sus cejas se juntaron en confusión. —Oh, claro. Eres la chica del parque. 
No me digas.
—Yo vivo aquí —dijo entrecortadamente, tratando de recuperar el aliento.
—¿Vives dónde? —le pregunté, viendo que estábamos parados en frente de mi casa.
—Allí arriba. —Señaló el tercer piso, con su techo muy inclinado y una ventana octagonal minúscula.
—¿Una persona puede vivir allí? —No quería que mi rostro reflejara repulsión, pero cuando vi su expresión caída, sabía que lo había ofendido.
—No alguien. Yo. Y sí, vivo allí. Es pequeño, pero está limpio y es suficiente. 
No tenía ni idea de que el espacio del ático estuviera en alquiler. Nadie había vivido allí en los dos años que yo había alquilado la casa. —Oh —dije, recuperándome—. Creo que somos vecinos, entonces. Vivo en el primer y segundo piso.
Él echó un vistazo a la casa de nuevo, con su amplio porche, gran puerta de madera y su amplia distribución. —¿Todo eso? ¿Sólo para ti? 
Asentí. Era demasiado para una sola persona, pero me gusta tener mi espacio. Y puesto que cada uno de mis padres había canalizado una gran suma de dinero en mi cuenta de ahorros para mantenerlo alejado del otro durante su divorcio, podría vivir en un lugar que me gustara. Lo había decorado con mobiliario sencillo, pero elegante que me había encantado buscar. Mi casa ya podía rivalizar con un catálogo de muebles de lujo.
—Bueno, creo que mejor me voy y tomo una ducha. Fue un placer conocerte... 
—Liz.
Sonrió. —Soy Cohen. Y ya que somos vecinos, hazme saber si alguna vez necesitas algo.
—Por supuesto. Lo mismo digo. —Le devolví la sonrisa fácil y observé su espalda sexy mientras se abría camino por un lado de la casa hacia la escalera que conducía a la puerta. 
Ah, sí, estaría deseando necesitar su ayuda pronto


Trasnoché demasiado trabajando en un informe de investigación, saltándome la cena y en su lugar llenando el depósito con una botella de vino rojo y una barra de chocolate amargo con sal marina, mi pasatiempo favorito. Para el momento en que caí en mi cama, estaba exhausta y aún ligeramente agitada. Por lo que cuando desperté repentinamente unas horas más tarde, no creía lo que mis ojos estaban viendo.
Un oscuro objeto se abalanzó y giró encima mi cama, lanzando extrañas sombras en la habitación bajo la luz de la luna. ¿Qué demo…?
El objeto paró de moverse y se posó al borde de la lámpara colgando del techo. Parpadeé rápidamente y entrecerré los ojos, intentando ver con más claridad. Entonces extendió un par de alas y dejé escapar un chillido. ¡Era un murciélago!
Salté de mi cama, liberándome de las sábanas. Corrí de mi habitación como si estuviera huyendo de la escena del crimen y sólo me detuve cuando estuve de pie en el porche delantero, mi corazón retumbando en mi pecho.
Encogí mis hombros, tratando de sacudir la sensación de hormigueo de mi piel. Miré hacia mis desnudos pies, dándome cuenta de que estaba afuera, vestida sólo con una camiseta negras sin mangas y un pequeño par de rosados pantalones cortos en medio de la noche. No era el movimiento más inteligente. Un perro ladrando en la distancia atrajo mi atención de vuelta, y entendí qué hacer a continuación.
Era demasiado tarde para llamar al propietario. Mis gatos eran inútiles y no podrían considerar matar una araña, por no hablar de atrapar un murciélago. Tal vez podía subir al piso de arriba y pedirle a mí caliente nuevo vecino si podía tratar con el animal. Había dicho que necesitaba algo, se lo dejara saber, y calculo que esto definitivamente cualifica. 
Pero no podía aventurarme a su apartamento vestida prácticamente en nada. Me di a mí misma un discurso motivacional y entré rápidamente, agarrando un par de vaqueros de la cesta para la ropa sucia en el pasillo y regresando a toda velocidad al porche, cerrando de golpe la puerta detrás de mí. Me metí rápidamente en el par de vaqueros y los subí por mis piernas, abotonándolos por encima de mis pantalones cortos. 
Enderecé mis hombros y marché escaleras hacia arriba, al apartamento de Cohen en el tercer piso. Estaba fresco afuera y los escalones de madera bajo mis desnudos pies enviaban escalofríos a mi espina dorsal. Bueno, eso y la idea de despertar a un total extraño en medio de la noche para pedirle un favor. Pero no tenía otra opción. No había forma de que pudiera regresar a mi apartamento, regresando sola, a dormir con murciélago alrededor.
Llegué a su puerta. Era de la misma sólida madera oscura que la mía, con una decorativa aldaba de metal en el centro. Golpeé lo suficientemente fuerte para despertarlo. No estaba segura de si tenía el sueño pesado, pero no quería correr el riesgo. Normalmente me sentía segura en mi vecindario, pero la combinación de despertar con un animal en mi habitación mezclado con estar fuera a estas horas, me dio una escalofriante sensación que no podía sacudirme.
Estaba a punto de golpear de nuevo cuando la puerta se abrió y un adormilado y sin camisa Cohen se plantó frente a mí.
—¿Liz? —graznó.
—¿Puedo entrar? 
Se movió del umbral así podía entrar. —¿Sucedió algo? ¿Qué está mal?
Asentí y me paseé por su pequeña sala de estar. —Hay un murciélago. En la planta baja. —Apunté al suelo.
—¿En tu apartamento?
Asentí de nuevo.
—Cristo. —Corrió sus manos por su rostro—. Bien. Espera aquí. Voy a ocuparme de ello.
Se retiró a lo que asumí, era su baño, y volvió un minuto después vestido en vaqueros y una ajustada camiseta gris. Su cabello estaba levantado por dormir y lucía adorable. 
—¿Qué vas a hacer? —pregunté, esperando que tuviera experiencia previa en la eliminación de murciélagos.
—No sé. —Fue hacia el armario cerca de la puerta delantera y sacó una raqueta de tenis.
—Espera. —Troté hacia su cocina y agarré un par de guantes de cocina cerca de la estufa y una bolsa para compras plástica de la encimera—. Aquí.
Se los tendí. Se puso uno de los guantes de cocina y sostuvo defensivamente la raqueta de tenis con una mano, la bolsa de plástico en la otra.
—Bien. Estás listo.
Ambos reímos ante la ridiculez de la situación.
—Sólo espera. Haré esto.
Sonreí ante su confianza en sí mismo. —Gracias.
Asintió y desapareció tras la puerta.
Mordí mi labio y esperé que no estuviera cabreado conmigo por haberlo despertado. Pero por la forma en que rió por los guantes de cocina antes de dirigirse hacia la planta baja me tranquilizó. Me hundí en su sillón y esperé.
Su apartamento era pequeño, pero era limpio, aseado y amueblado simplemente con agradables artículos. La sala de estar consistía en un desgastado sillón de cuero, junto con un golpeado tronco como mesa de centro. Su rincón para comer contenía una circular mesa de cocina cargada con varios libros de texto amontonados en pilas y estaba rodeado por varias sillas disparejas. Decididamente hogareño y tentador.
Unos pocos minutos más tarde, Cohen estaba de regreso.
—¿Y bien? —Salté sobre mis pies.
Sacudió su cabeza. —No pude encontrar al pequeño bastardo.
Por sólo un momento, me pregunté si había soñado el murciélago, pero no, estaba segura que no lo había hecho.
Se sacó los guantes de cocina y devolvió la raqueta de tenis al armario junto a la puerta. —Supongo que ninguno de nosotros va a volver a dormir ahora —murmuró, frotando una mano a lo largo de la parte posterior de su cuello.
—Lo siento.
Encontró mis ojos. —No lo hagas. Te dije que me dejaras saber si necesitabas algo, y quise decirlo.
Ahora que el episodio del murciélago había terminado, mi adrenalina cayó en picada. Froté mis sienes, dándome cuenta repentinamente cuán mal me sentía.
Cohen se aceró hacia mí. —¿Estás bien?
—Bebí demasiado vino antes. Estoy bien. —Hice un ademán con la mano.
Se dirigió hacia la cocina y volvió un segundo más tarde con un vaso con agua y dos pastillas blancas. Las dejó caer en mi palma. —Aquí. Analgésicos para tu dolor de cabeza.
—Gracias. —Tomé las pastillas obedientemente y acabé con el vaso con agua antes de tendérselo de nuevo. Estaba a temperatura ambiente y sabía como si hubiera salido directamente de la llave, pero no iba a reclamar. Fue un gesto agradable. Nunca había hablado demasiado con mis vecinos, y era agradable pensar que podía contar con alguien viviendo encima de mí. 
Noté la sudadera de una universidad colgando de la parte trasera de una silla y asentí hacia ella. —¿Vas a la Universidad aquí también? —La universidad DePaul estaba sólo bajando la calle, así que suponía que no debería haber estado sorprendida, pero esta realmente no era un área alojamiento para estudiantes.
—Sí. Soy de tercero. ¿Tú?
—Estoy en el segundo año de mi doctorado. 
—Guau. —Me miró como si estuviera viéndome por primera vez. Prácticamente podía sentirlo tratando de calcular mi edad. Sabía que lucía más joven que mis veinticinco años, y decirles a las personas que estaban estudiando para un doctorado era una manera de intimidarlos. Pero Cohen no parecía descolocado, sólo… impresionado y curioso. Me gustó su honesta reacción. De acuerdo a su curso, probablemente tenía veinte o veintiuno.
Me pregunté qué hacer ahora. Había un murciélago suelto en mi apartamento, y era demasiado temprano —o demasiado tarde, dependiendo cómo lo miraran, para llamar a mi propietario.
Cohen estaba de pie, estudiándome silenciosamente, y repentinamente estaba cohibida por mi apariencia. Me había dormido sin remover mi maquillaje, así que estaba segura de que tenía manchas bajo mis ojos, y mi cabello probablemente lucía como si hubiera sido arreglado por un mapache. Buena manera de hacer una segunda gran impresión.
—¿Liz? ¿Cómo en Elizabeth? —preguntó suavemente.
—Nop, Liz como en Eliza. Pero todos me llaman Liz.
—Eliza —dijo pensativamente. La palabra rodó de su lengua como si fuera desconocido y recordando algo de hace mucho tiempo.
También me recordaba el pasado demasiado, y un dolor apuñaló mi pecho. —Llámame Liz —corregí.
Cohen estuvo callado por un largo momento, luego tomó mi mano y me empujó hacia la puerta. —Vamos, Easy E. Vamos a arreglar tu resaca.
¿Easy E? —¿A dónde vamos?
—A desayunar. Y no discutas. Cazar un murciélago me dio hambre. —Agarró una camiseta de manga larga y la lanzó sobre su cabeza.
Me reí y lo seguí hacia la puerta.
Me di cuenta de que algo estaba pegado a su cinturón y cuando estuve cerca, vi que era un mensáfono.
Lo seguí escaleras abajo y caminé junto a él mientras caminábamos a lo largo de la manzana. Miré directamente hacia el mensáfono atado a su cintura, arqueando una ceja hacia él, le pregunté—: Alguien de 1996 llamó y quiere su localizador de regreso. 
Se rió entre dientes, sacudiendo su cabeza. —Lo necesito por el trabajo. —Ajustó su camiseta de modo que el demasiado visible objeto estaba oculto. 
—¿Eres un prostituto? 
—No. —Sonrió.
—¿Un traficante? 
—Uhm, no. Soy voluntario en el Cuerpo de Bomberos de Chicago.
—¿Eres un bombero?
—Sí.
Guau. Eso explicaría su insanamente musculoso cuerpo. —¿Con cuanta frecuencia…?
—¿Recibo una llamada?
Asentí.
—Siempre estoy disponible, y asistiendo a una capacitación cada lunes por la noche durante dos horas.
Eso era interesante. Nunca había conocido a un bombero voluntario. Me pregunté si era demasiado lo que manejaba con la universidad y estudiar. 
Llegamos a una pequeña cafetería en la esquina. A pesar de vivir cerca por dos años, nunca había estado en este sitio. Siempre había lucido un poco demasiado sospechoso. Una parpadeante señal de neón anunciaba que estaba abierto las veinticuatro horas, los siete días de la semana, y una campanilla encima de la puerta sonó cuando la abrió y la mantuvo abierta para mí. Caminando junto a él, olí el agradable olor a suavizante y lo que tenía que ser su propio aroma masculino. Mmh. Quería detenerme y presionar mi nariz en su pecho, pero seguí caminando. La señal decía que te instalaras tú mismo y escogí cabina cerca de la ventana.
Cohen se deslizó frente a mí. Cogió los dos menús del servilletero y me tendió uno. 
—Gracias.
—¿Tienes hambre? —preguntó.
—Seguro. Puedo comer. —Podría comer siempre. No era una de esas chicas que pretendían no comer. Me gustaba la comida, así que mátame. Y pensaba que si realmente les preguntaran, a la mayoría de los chicos les gustarían unas pocas suaves curvas en el cuerpo de una mujer. Además, vino y chocolate no valían como cena.
—Los panqueques aquí son impresionantes. —Cerró su menú y lo devolvió a su sitio.
—Bien entonces. —Sonreí, le tendí mi menú también, y lo puso cuidadosamente junto al suyo.
La camarera caminó hacia nosotros con una dulce sonrisa para Cohen. Él ordenó dos pilas de panqueques y después de detenerse para preguntarme si quería café también, ordenó dos cafés también.
Era adorable, e incluso después de recién habernos conocido, de alguna manera me sentía cómoda a su alrededor.
La mirada de Cohen fue a la deriva de mi rostro hacia mi pecho, y repentinamente se movió en su asiento, mirando hacia la ventana, su expresión incómoda. ¿Había hecho algo malo?
Miré hacia abajo y por primera vez, recordé mi estado sin sujetador. ¡Mierda! El aire acondicionado había transformado a mis chicas en descaradas libertinas pidiendo atención. Esta camiseta sin mangas no estaba exactamente cubriéndolas tampoco. Ajusté la camiseta lo mejor que podía y atrapé el reflejo de Cohen en el vidrio. Una sonrisa tiraba de sus labios.

2 comentarios:

  1. Holaa me preguntaba cuando van a subir este libro..muero x leerlo besoos

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