17 de julio de 2013

Primer Capitulo: Requiem de Jamie McGuire

Requiem de Jamie McGuire,
Providence #2

He regresado. Envueltos por la oscuridad, dos borrosas formas están agachados delante de una caja fuerte abierta, escondida detrás de una gran librería abisagrada. Respiraban fuertemente, trabajando a un ritmo frenético por encontrar lo que han estado buscando durante los últimos meses. Uno de los hombres se quedó paralizado, y ceso cualquier movimiento. Se inclino dentro de la caja fuerte, utilizando ambas manos para sacar un grueso libro encuadernado en cuero.

“Ésto es. Dios mío, ésto es”, susurró Jack.

Cada rincón de esta habitación ocultaba una advertencia. Alumbrado sólo por la luna filtrándose a través de la persiana de una única ventana, espadas y hachas antiguas colgaban en las paredes, bordeando paisajes pintados a mano sobre guerra y muerte. El aire estancado a falta de pulmones humanos para hacerlo circular.

Muchas veces antes había estado en ese lugar y, aún así mis manos temblaban, sabiendo que muy pronto me entraría el pánico. Estaba llegando pero no podía pararlo. Se desplegaba ante mi una y otra vez como si estuviese atrapado en el tiempo, en una pesadilla – o en el infierno.

Los dedos de Jack recorrieron el sello lacrado en el centro y miró a su amigo.

“¿Jack, estás seguro que quieres hacer ésto?”

“¿Gabe, estás seguro que es ella?” Jack respondió. Gabe asintió lentamente y entonces Jack continuó, suspirando, “Entonces sabes la respuesta.”

Escuchando lo que los oídos humanos de Jack no podían, la cabeza de Gabe se giró bruscamente a un lado. “Es demasiado tarde,” dijo él, sus ojos, mientras escuchaba, se movían nerviosamente de un lado a otro. “Ya están aquí”.

Volvieron a meter los documentos, las joyas y artefactos en la caja fuerte, el hombre de cabello claro aplastó sin dificultad la pesada librería contra la pared, en un intento de encubrir cualquier evidencia de sus presencias.

“¡Gabe, no te preocupes ahora de ello! ¡Vayámonos!” Jack gruño.

“¡Estoy intentando ganarnos algún tiempo!”

Mientras los hombres huyeron de la habitación, sus sombras se deslizaron sobre el suelo entarimado, yo me hice a un lado, observándolos en silencio, siendo conocedor de su destino.

Gabe corrió delante, pistola en mano, acostumbrado a Jack quedarse rezagado. Espero a su amigo al final del pasillo, calculando una vía de escape.

“El tejado,” susurré en su oído. “Tú siempre utilizas el tejado.”

Una larga, caliente mano salió disparada, y Jack fue empujado contra la pared.

“¿Qué estás...?” Jack empezó.

Gabe levanto el dedo a la boca, y después señalo hacía el piso superior. Jack asintió con la cabeza rápidamente, quitando su cansado cuerpo de la pared. Corrieron por un pasillo, rodearon una esquina, y entonces se lanzaron escaleras arriba. Ambos hombres tomaron dos peldaños a la vez, sus manos agarrando el pasamanos para ayudarse cada vez que daban un salto.

“¡El tejado!” gritó Gabe mientras una multitud de voces resonaban bajo ellos, ninguno de ellos humano.

Los ojos de Jack se abrieron de par en par cuando un terrorífico chillido le llegó desde abajo. Su pisada se alargó mientras pasó por otra puerta, subiendo un segundo trecho de escaleras. Expulso un respiro de alivio. Las estrechas paredes de derruido hormigón predecían que el tejado se encontraba a escasos pasos.

Ya a lo alto del tramo de escaleras, Gabe pasó por una puerta externa, y corrió a través del tejado, llegando al borde. Miró hacía abajo, cuatro pisos hasta la calle, y después a su amigo. “Jack, aún nos quedan dos minutos. ¿Estás seguro?”

“¿A tu juicio, te parezco estar indeciso?” gritó él, agarrando con fuerza el libro contra su pecho. “¡Debo de encontrar una manera para pararlo!”

Fruncí el ceño. En el pasado, rogué a mi padre en dejar el libro atrás. Una docena de visitas a este lugar me enseño que el aprieto de Jack y Gabe se reproduciría de la misma manera. Cada vez que intentaba cambiar el desenlace, el final era más difícil de digerir.

Gabe suspiró sumiso, y entonces giró abruptamente la cabeza hacía el norte, estimando la distancia para su huida. “Entonces que comience.”

Los chillidos se intensificaron y Jack cerró los ojos. “Tengo que salvarla,” dijo en una suave, apenada voz.

El cuerpo de Jack se abalanzó hacía adelante. Su corbata chocó contra su cuello y el viento aulló a través de su oído mientras volaba, cruzando el firmamento negro. En el segundo que despegó para volar, daba la sensación de haber aterrizado ya en el otro tejado, cuatro edificios más allá. Con la abrupta parada Jack se tambaleó hacía adelante, doblándose por la cintura, emitiendo un fuerte gruñido cuando, por el súbito impacto, el aire le fue forzosamente expulsado. Entonces, Gabe le soltó.

“Jamás me acostumbraré a ésto,” Jack sonrió, alisando su chaqueta y corbata.

“Podría dejarte coger las escaleras de incendio, hermano, pero con esas bestias pisándote los talones, sólo unos cuantos trozos tuyos hubiesen conseguido llegar hasta la calle”, dijo Gabe, sonriendo con suficiencia. Al mirar para arriba, su sonrisa se congeló al instante. “Se sienten atraído a ello. Necesitamos mas distancia.”

Jack asintió. A unas cuantas yardas de ellos, se encontraba una puerta idéntica de la cual escaparon. De un tirón abrió la puerta, y Gabe le siguió bajando la escalera. Después de tres tramos, Jack moderó el ritmo y su pecho jadeaba.

“¡Vámos!” Gabe gruño.

“¡Ya voy!” espetó Jack, inhalando profundamente antes de descender los últimos dos tramos.

Justo cuando la salida estaba a la vista, se elevaron los chillidos y gruñidos. Jack miró por encima de su hombro y vio como Gabe se quedó atrás, su arma de fuego sujeta cerca de su cara.

“No vamos a conseguirlo. Están demasiado cerca.” Gabe suspiró.

“¡GABRIEL!” Un siseó brutal sonó por encima de ellos. Era una voz, pero también eran muchas.

Gabe amartilló su arma y entrecerró los ojos. “Vete Jack. Les contendré.”

“Gabe...”.

“¡Sí quieres salvar a tu hija, entonces vete!” gritó Gabe.

Jack aferró el libro contra su pecho y se encaminó afuera. Emergió de la puerta, y entonces se agarró las rodillas, incapaz de coger aire. Se apoyó contra la puerta y alzó la cara al cielo, cerrando sus ojos.

Los chillidos cesaron momentáneamente antes de perforar de nuevo el aire.

Por primera vez Jack me miró a los ojos. Tenía miedo, cosa que nunca había visto antes en él. Al principio me pareció extraño, como si no debiera haberme visto. Vi una mirada familiar de decisión en su cara. “Voy a salvarte Nina.”

Como si no me hubiese hablado, los ojos de Jack se desplazaron en cada dirección para determinar el mejor camino para escapar.

Justo cuando tomaba su decisión para escapar, la madera estalló detrás de él, y una docena de largas manos con garras atravesaron la puerta. Los ojos de Jack se abrieron de pánico mientras los demonios agarraron su pecho, sus piernas, su cuello y su cara. Las uñas afiliadas le hicieron trizas la camisa, y se hundieron en su piel; sangre derramándose de sus heridas abiertas.

“¡Nina!” gritó. Su carne se desgarraba bajo la presión de las enormes garras arañando.

Sus brazos y piernas fueron empujados hacía adelante, después su cuerpo se dobló en dos y desapareció, engullido al infierno que le esperaba adentro.

“¡Papá!” grité en la oscuridad.

Manos agarraron mi extendidos brazos y las aparté, golpeándolas. “¡No! ¡NO! ¡Papá!” lloré, intentando apartarme. No era lo suficientemente fuerte.

“¡Nina, para! ¡Soy yo!”

Cuando me golpeó la realidad, dejé de luchar. Jared estaba sentado a mi lado, sobre nuestra cama, sujetando mis muñecas contra su pecho.

“¿Nina?” inquirió él, inclinándose para encender la lámpara.

Mis ojos se cerraron, repelando la luz. El sudor empapaba mi bata de algodón, y pelo húmedo se apelmazaba contra mi frente. Con dedos temblorosos, aparté de mi cara las mechas mojadas. Siempre tardaba algunos minutos para calmarme, pero en esta ocasión no era miedo. Estaba enfadada.

“Están empeorando”, dijo Jared, preocupado.

Tuve que aclarar mi garganta. “Son tan reales,” suspiré.

Aún podía oler la colonia de mi padre y los chillidos me resonaban en los oídos. Regresar cada noche al mismo lugar donde mi padre murió, era una tortura. Resentimiento reemplazó el temor, y eso era una buena cosa; estaba mejor preparada para manejar el miedo que la aplastante impotencia, cual me despertaba normalmente.

“¿Nina?”

Lamí la sal de mis labios. “Estoy bien.”

“Es la tercera vez en esta semana. No creo que estés bien,” dijo Jared, su cara tensa. “¿La misma?”

Con reacia, asentí. Cada vez, Jared se preocupaba más de forma obsesiva, cuando me despertaba de una pesadilla. Estaba atormentado por los gritos, los temblores, y la imposibilidad de poder pararlos. Me miró fijamente durante un momento antes de atraerme a su regazo.

“Quizás deberías hablar con alguien”.

“Jared, no necesito un loquero. Sólo son sueños,” dije, más para mi misma que para él.

Me arrastró con él, apoyando la espalda contra el cabecero. Intenté relajarme. Mis días sin él la primavera pasada me vinieron muy bien, al no querer preocuparle con mis ridículos miedos y sentimientos humanos. A pesar de estar perfeccionando durante meses mi talento, aún seguía teniendo dificultades, tras mis pesadillas.

Intenté pensar en cualquier otra cosa, en vez de las imágenes terroríficas de mi padre, siendo desgarrado en jirones, para poder relajarme y dormirme. El pecho afiebrado de Jared contra mi mejilla era reconfortante, e inhale su increíble aroma. En cualquier otro momento me hubiese sentido tranquila al momento, pero después de la tercera repetición de la peor pesadilla vivida, no funcionó.

“Voy a tomar una ducha,” dije, deshaciéndome rápidamente de las mantas que me envolvían.

“Nina, son las tres de la mañana. De todas formas tienes que levantarte dentro de tres horas para ir a trabajar. ¿Por qué no intentas dormir?”

Me moví al borde de la cama, y apoyé mis pies sobre el suelo, dando la espalda a Jared. “¿Tú has dormido? “ le pregunté.

Después de una breve pausa, dejó escapar un exasperado suspiro.

“Si.”

“Entonces no hay ningún motivo para que me vuelva a dormir. Además no quiero dormir. Cada vez que cierro mis ojos ocurre lo mismo.” Esperé un instante, y cuando Jared no siguió discutiendo, me levanté de la cama y me fui al baño.

Las tuberías chirriaron cuando giré los mandos de la ducha, esperando en frente del lavabo a que el agua se calentara. Las visiones de mi sueño emergían en cortas, ruidosas escenas. Los chillidos, el sonido de los zapatos de mi padre subiendo las escaleras corriendo; no paraba. Cerrando mis ojos, intentando enfocar, me frote la cara con mis manos, y después miré en el espejo. Desde la primera vez que Jared y yo nos conocimos, mis rasgos habían cambiado. Pasando la mayor parte del verano en casa, mientras se curaba mi pierna, había dejado mi piel pálida y sin vida, mostrando bajo mis ojos unos círculos morados.

Nuestra experiencia casi mortal en el restaurante parecía muy lejano. Aparte de las noticias ocasionales sobre las excelentes reuniones en el departamento de policía, inoportunamente acababan en extraños y no relacionados accidentes, nuestros días continuaban como si Grahm, Sax y el libro nunca existieran.

Dejé caer al suelo mi camisón, me metí en la ducha, suspirando mientras el chorro de agua caía sobre mi cara.

Jared entró, apoyándose contra el lavabo, cruzando los brazos sobre el pecho.

“¿Está todo bien?” pregunté.

Jared se movió incomódo. “Estoy preocupado por ti.”

“El semestre de otoño está por empezar. Con mi periodo de prácticas tengo clases extras, y probablemente puede ser estrés”.

“No lo entiendo”, dijo Jared. “Han pasado meses desde que alguno de ellos.... se haya pasado por aquí. Son las pocas veces que les he visto en toda mi vida, y sin embargo tu...” Jared se frotó la nuca. “No tiene sentido que tengas ahora éstos sueños.”

“Jared, la gente tiene pesadillas todo el tiempo sin que aparezcan demonios. No significa nada”, dije, restregando el champú en el pelo.

“Es eso lo que piensas.”

Puse los ojos en blanco. “Venga ya. Estás exagerando. Si prometo dejar de tener los sueños, ¿me prometerás dejar de ponerte frenético sobre ello?”

“Me prometes dejar de tener esos sueños”, Jared repitió, su voz llena de ironía.

Asomé mi cabeza llena de espuma de entre las cortinas de la ducha, espuma chorreando por mi cara. “Bien, no te lo puedo prometer, pero me estás acomplejando. A menos que sepas algo que yo no sé, sólo son sueños.”
Jared sonrió, limpiando la línea de jabón de mi frente, besó de pronto mis labios. “Muy bien. Sólo son sueños.”

Asentí en aprobación, a continuación cerré la cortina. “Hoy me tengo que pasar por la oficina ¿Te importa?” pregunté, a sabiendas que le importaría.

“Quieres decir ¿Más que cualquier otro día?”

Escoltarme a Titan Mercantile era como otro día de trabajo para Jared, pero a pesar de las veces que le pedí entrar, se convirtió en una broma privada entre nosotros. Todos los días preguntaba, y cada día declinaba amablemente. Durante años los pasillos de Titan Mercantile fueron utilizados por el padre de Jared, Gabe. Jared no hablaba sobre ello, pero su declinación en entrar debe estar relacionado con sentimientos no resueltos con respecto a su padre.

Las horas previas al alba pasaron con lentitud y, después de mi ducha, Jared y yo pasamos los restantes momentos del crepúsculo a la mesa del desayuno. Cuando por fin los rayos del sol se asomaba entre las persianas, sonreí, a la brillante luz dibujando rectángulos sobre la pared. Pasé horas mirando fijamente a esa pared, esperando a que se curara mi pierna. Beth me visitaba ocasionalmente, ocupada en decorar su nuevo apartamento, Kim pasó sus vacaciones estivales en la carretera, y Claire incansablemente eliminaba cualquier amenaza que nos atenazara. Jared pasaba la mayor parte de su tiempo en mantener en raya la soledad, manteniéndome entretenida. Empezamos a intimar más, y la vida se normalizó más que nunca. El único recuerdo sobre la noche que estuve a punto de morir, era la cicatriz en mi muslo.

Jared trabajando en la cocina captó mi atención, escuchaba el chisporroteo y el pop en la sartén, con nuestro desayuno. Puso tortilla francesa sobre la mesa junto con un pequeño montón de correo. 

“¿Algo interesante?” pregunté mientras ojeaba los sobres.

Jared se quedó quieto, entrecerrando los ojos mientras leía sobre la dirección escrita a mano.

“¿Qué?”

“Es para ti,” dijo él, deslizándolo hacía mí.

La esquina superior izquierda explicaba la expresión de Jared. Era de Ryan.

Por la expresión de Jared, supe que no contenía buenas noticias.

“¿Ya lo sabes, verdad?” dije, extrayendo una simple hoja procedente de un cuaderno de notas.

“Tengo una idea.”

“Algo que deberías haberme contado antes,” le acusé, leyendo rápidamente la carta.

Querido Neigh,

Quería que lo escucharas de mi boca, pero no sé como explicarlo, por lo tanto lo escribiré. No volveré a Brown. Lo he discutido con un reclutador del ejercito y pienso que en estos momentos es el mejor lugar para mi. Te conozco mejor de lo que crees, y en estos momentos te sientes culpable. Bien, pues no lo sientas. Eres feliz y eso es lo más importante para mi, y es la pura verdad. Siento que te tengas que enterar a través de esta estúpida carta, pero todo se desarrolló muy rápido, y no tuve tiempo de llamar. Nigh, cuidate mucho. Pensaré en ti todos los días.

Ryan


La carta se deslizo de entre mis manos y se cayo al suelo, lenta y suavemente. El entumecimiento era inesperado pero bienvenido; sabía que muy pronto la culpabilidad se apoderaría de mi y sería intolerable.

“Se ha ido.”

Jared me tocó la mano. “Llamó Claire. Él está bien.”

“¿Se ha ido Claire?” gemí, levantándome de mi asiento.

Las cejas de Jared se estrecharon. “Nina, él quiso hacerlo de esta manera. De todas formas no podrías haberle detenido.”

“Pero tú sabías lo que estaba sucediendo,” dije con suavidad. “Debiste decírmelo.” La falta de sueño ya me estaba haciendo efecto y mi cuerpo se sentía pesado. No tenía la energía suficiente para estar enfadada.

Mis ojos se desviaron a la carta sobre el suelo. “Esto es por mi culpa.”

“Nina, no.”

Asentí con la cabeza. “Yo hice ésto. Rompí su corazón, y no pudo quedarse aquí,” moví la cabeza. “Debí dejarle en paz. Ahí afuera va a morir.”

“Ryan tomó su decisión”, dijo Jared.

Su tono duro no era muy convincente. Tenía derecho en estar enfadado, viendo como su prometida se angustiaba sobre el hombre con el que estaba destinada a estar. Para Jared, el que Ryan fuese el Taleh de Claire significaba que yo pertenecía a otro, y yo lo utilizaba para mantener apartado a Jared, cuando pensaba que al estar conmigo ponía a su familia en peligro. Mi brillante plan funcionó para enviar a Ryan a enlistarse en una guerra a media distancia del mundo. Carecía de valor lo que dijese Jared, o lo mucho que odiase verme disgustada, no lamentaba ver partir a Ryan.

Tan enfadada como estaba, la única culpable era yo, y ambos lo sabíamos.

Moví mi cabeza. “Tengo que darme prisa. Debo de mandar esos documentos por fax no mas tardar las ocho.”

Jared suspiró. “¿Si te lo hubiese dicho, que más hubieses hecho aparte de preocuparte?”

Coloqué mi bolso sobre el hombro. “No lo sé”, dije, sacando mi teléfono móvil. Me desplacé por la agenda hasta que encontré el número de Ryan, después acerqué el teléfono a mi oído. Como esperaba, su buzón de voz saltó de inmediato.

El sonido de su voz hizo mis entrañas retorcerse, pero cuando el bip me instaba a hablar, mi temperamento se desató.

“Necesito que me llames. Llámame ahora mismo, lo digo en serio. Acabo de recibir tu carta y no puedes hacer ésto. Simplemente no puedes. Tienes que llamarme para poder solucionar ésto. Por favor.”

Jared me arrebató el teléfono de la mano y lo cerró lentamente. “Cariño no va a recibir el mensaje.”

“Tenía que intentarlo,” dije, abriendo mi bolsa para que él pudiese meterlo dentro. “Alguien tenía que hacerlo.”

Jared me tocó el brazo. “Nina, él es el hombre reclutado más seguro en el ejercito. Tiene a Claire.

Jared sonrió. “No. Hemos hablado sobre ello. Ella estará pendiente de Ryan de la misma forma que nos permitieron entrenar. Tenemos conexiones.”

“No se trata de eso.”

“Lo se,” dijo Jared, abriendo la puerta.

Cuando fui a pasar por la puerta no lo besé, o cuando él me abrió la puerta de pasajeros como siempre hacía, o antes de dejarme para acomodarse en el asiento del conductor. No intento disculparse, lo cual hacía cuando pensaba llevar la razón. Saber eso me enfurecía aún más.

“Siento que estés enfadada,” dijo él.

Le miré furiosa. “Es una pobre excusa y lo sabes. ¡En primer lugar no me contaste sobre el reclutamiento de Ryan! ¡No me permitiste despedirme de Claire! Siento estar enfadada....” musité las últimas palabras y crucé los brazos, acomodándome en un estado inflexible de pésimo humor. Cuando Jared no respondió, le miré de reojo. Él estaba intentando aguantar la risa.

“¡Jared, no es gracioso!”

Su boca inmediatamente se convirtió en una línea delgada. “No dije que lo fuese, sólo que tú,” movió la cabeza mientras tomaba la curva antes de llegar a Titan Mercantile, “estás intentando estar enfadada, recorriendo tu preciosa cara una serie de graciosas expresiones; es divertido – lo siento.”

“¡Deja de disculparte y empieza a ser...no sé! ¡Lo siento!”

Un borde de la boca de Jared se rebeló y se alzó levemente para dejarlo caer enseguida. “Pasa un buen día.”

Cerré con un portazo la puerta, pasando en tener una pelea con él. A veces resultaba ser una locura lo de enamorado que estaba de mi.

Tomé unos pasos hacía el edificio y después me paré. Volví al Escalade y suspiré. Avergonzada abro la puerta. “¿Vas a entrar?”

“Hoy no,” sonrió él.

De niño, Jared pasó horas interminables en Titan Mercantile y era el lugar donde menos le gustaba ir con su padre. No ayudaba para nada que los demás empleados se le quedaran mirando como si fuese un animal zoológico. No supieron entender nuestra relación, aunque la mayoría de ellos sabían que Jared era hijo de Gabe, y mi seguridad.

Sabiendo que Gabe era la sombra de mi padre cuando caminaba por los pasillos, era solo otro día en la oficina, pero ahora cuando era aparente que necesitaba protección, quien resultaba ser mi prometido, empezaron más de una sucesión de cotilleos sobre mi familia.

En particular una compañera mía interna, Sasha, tuvo un repentino interés en Jared. No perdió el tiempo con azucaradas galanterías; todo lo contrario, era conmigo bastante odiosa sobre el asunto.

“Asi qué …. Jared ….” empezó ella mientras caminábamos al despacho que compartíamos. Mientras hablaba miraba el Escalade desde la ventana.

“Sasha, tengo mucho que hacer.”

“¿Él te protege?” Cuando no respondí, ella se encaminó para situarse delante de mi mesa, golpeándola hasta que levanté la vista. “¿De qué?” dijo ella, dudando.

Miré fijamente sus largas uñas golpeando contra la madera, y luego a ella. “Estoy ocupada.”

“Pero es tu novio, ¿cierto?”

“No.”

“¿No?” dijo ella, su voz subiendo una octava.

“Estamos prometidos.”

“¿No es, ya sabes, un conflicto de intereses?”

“En realidad, no,” dije yo, ojeando una pila de papeles.

“No lo entiendo, quiero decir,” ella soltó una risa risueña, “me doy cuenta que tú eres la princesa de Titan Mercantile, pero ¿no te sientes un poco ridícula cuando estás a su lado? Hacéis una pareja tan extraña.”

Dándome cuenta a lo que se refería, mi cabeza se alzó de golpe y mis ojos se entrecerraron. “¿Disculpa?”

Sasha entonces se encogió de hombros, recorriendo con el dedo el borde de mi mesa, mientras se deslizaba alrededor mío. “¿No te sientes cohibida? Las mujeres deben de arrojarse a su cuello todo el tiempo.”

“En realidad, no,” espeté mientras ella caminaba a la puerta.

Sasha sonrió con suficiencia, esquivando mi fulminante mirada. “Hmm. Muy interesante.” Cuando giró en la esquina, se movió su larga coleta pelirroja, y sentí el calor irradiar de mi cara.

En el momento justo el teléfono sonó.

“¿Va todo bien?” preguntó Jared al otro lado de la línea.

Cubrí mis ojos con mi mano, intentando calmarme antes de responder . “Todo va bien. Sólo … Sasha acaba de estar aquí.”

“Oh, eso lo explica todo. ¿Está dejando de nuevo su taza de café sobre tus papeles?” Jared se rió entre dientes. Sea por lo que sea, le divertía que esta mujer se metiese bajo mi piel de una forma que me impedía pensar con claridad.

Suspiré. “No. Ella es... no puedo decir lo que me gustaría decir, por lo tanto no lo haré.”

“Sabes que la compañía es de tu propiedad. No tienes por qué trabajar con ella.”

“Jared, en éstos momentos estoy en prácticas. Y....,” suspiré de nuevo, viendo como ella coqueteaba con el Director de Recursos Humanos, “no me tientes.”

“¿Crees que podrás escabullirte hoy un poco antes?” pregunto Jared.

“Posiblemente ¿Por qué?”

“Mañana es tu primer día de vuelta a Brown. Pensé que podríamos coger las bicis e irnos al árbol de roble, tomar un almuerzo....”

“¿El árbol de roble...?”

“Aquél a cual te quería llevar... a dónde mi padre llevaba a mi madre.”

Sonreí. “Eso suena fantástico, pero primero tengo una reunión.”

“Bien,” dijo Jared, disimulando haberlo olvidado.

Enderece la cinturilla de mi falda, y después pulsé el botón al tercer piso. Podría pasar mi último día de libertad, entero, con Jared, pero el Sr. Patocka pidió a los pasantes acudir a una última reunión antes de empezar la escuela. Algunos de ellos no volverían, y él necesitaba redistribuir responsabilidades. Llevaba toda la semana ansiosa a la espera de esta reunión, sólo por que era el último día de Sasha. Era razón suficiente para celebrarlo.

“Becarios,” empezó el Sr. Patocka, ojeando los papeles que sujetaba en sus manos. Siempre pronunciaba becarios como si le dejase un mal sabor de boca.

“Anna, Brad y Evan nos dejarán, dejando a Shannon, John, Nina y Sasha con nuevas responsabilidades. Me gustaría decir.....”

Cuando las palabras del Sr. Patocka se me aclararon, me di cuenta que puso a Sasha en la categoría equivocada.

“¿Disculpe Sr. Patocka?”

“¿Si, Srta. Grey?” dijo él, obviamente irritado. Lo tenía bien claro, si otro becario lo hubiese interrumpido se le hubiese pedido inmediatamente abandonar la reunión, pero todos sabían, incluso el Sr. Patocka, que no sólo era una simple becaria.

“Creo que ha cometido un error. Sasha no se va a quedar,” dije tan profesionalmente como fui capaz.

“Sigues sin prestar atención a tus informes,” dijo Sasha bruscamente. “Me quedaré durante todo el año escolar.”

“¿Qué?” dije, mi tono más disgustado de lo que pretendía. Miré al Sr. Patocka, que asintió mientras miraba increíblemente aburrido al giro que tomaba la conversación.

“Yo... ella....” trastabillé sobre mis palabras, intentando pensar en alguna forma de salvar mi cara después de dejar bien claro estar conmocionada y consternada por la noticia.

“Está bien Nina. Vamos a ser compañeras,” Sasha ronroneo. Su sonrisa era la de un gato siendo amable al pájaro justo antes de comérselo.

“Continuamos,” el Sr. Patocka prosiguió. “Sasha, te harás cargo de las funciones de Brad, Shannon tu te harás cargo de las funciones de Anna, y John se hará carga de las de Evan. Espero de los que se marchan dejen instrucciones exactas a los que se quedan.

“¿Que pasa con Nina?” dijo Sasha, mirándome fijamente por encima del hombro.

El Sr. Patocka suspiró. “Sasha, durante el año escolar, Nina se formará con Grant. Por favor, no me hagas sentir como si estuviese haciendo de canguro más de lo debido.”

“¿Con Grant?” Sasha se quejó.

Grant era el segundo de a mando en Titan. Cuando murió Jack, él asumió las responsabilidades de dirección hasta que yo estuviese preparada para asumir el cargo. Trabajar con él no era algo que ansiara; pase mis años de adolescente viendo como Grant le bailaba el agua a mi padre, para diversión de Jack, descaradamente coquetear conmigo.

Jack veía algo en Grant que yo no pude – o quisiera – ver. No sólo le concedía a Grant, ascenso tras ascenso, sino, incansablemente intentaba persuadirme en salir con su prometedor, increíblemente inteligente, empleado estrella.

Aún cuando estando a cinco pies de Grant me invadían, a veces, algo de nauseas, Sasha, desde el primer día, estuvo intrigando para conseguir ser su asistente. La decisión del Sr. Patocka en darme la misma posición en la cual ella estuvo maquinando, sin duda, dispararía más aún su irritación hacía mí.

Sonreí ante el pensamiento. Significará una guerra abierta.

“¿Sasha, hay algún problema?” pregunté, intentando preservar un poco de respeto de mis futuros empleados.

“¿Problema? Para nada,” dijo Sasha, emitiendo esa nauseabundo risita, con la cual, normalmente se libraba de situaciones incomodas, creadas por ella misma. “Lo siento Nina. No me había dado cuenta que fueras tan sensible,” sonrió ella.

Miré al Sr. Patocka. “¿Hemos terminado ya?”

“He acabado con la reunión, pero Nina necesito que me acompañe al despacho de Grant. Él necesita darle algunas instrucciones antes de tu comienzo la semana que viene.”

Los demás becarios huyeron de la sala, estrechando manos y despidiéndose. Asentí a cada uno de ellos mientras se iban zumbando al ascensor, pero no antes de devolver la barata sonrisilla de Sasha con una de las mías.

El Sr. Patocka me acompaño por el pasillo y dentro del ascensor, pulsando el botón cuatro, en donde aún se encontraba el despacho de mi padre. El despacho de Grant se encontraba al otro lado del pasillo, paralelo al de Jack. La mitad de sus paredes estaban cubiertas de diplomas y fotos de ponis de polo y, la otra mitad ocupado por un gran ventanal, miras al Fleet Rink, y permitiendo entrar el sol.

El Sr. Patocka llamó a la media abierta puerta de Grant.

“¡Eh... ¿Sr. Bristol? Nina está aquí para verle.”

“Hágala pasar.”

Entré en su despacho, me senté en una acolchada silla verde, por una vez, sintiéndome amigable. Grant estuvo trabajando para mi padre durante diez años, y como en cada cliché de ascensos, Grant empezó en un bajo puesto. La única cosa que su historia fuese más aburrida aún, era el haber empezado en las trincheras para clasificar el correo, pero teníamos una oficina de clasificación de correspondencia. Pero Grant no empezó en Titan como chico de correo.

Él empezó como becario.

“Nina,” Grant me saludó por encima de sus finas, cuadradas gafas.

“Grant,” reconocí con un saludo de cabeza.

Grant miró al Sr. Patocka y sonrió educadamente. “Gracias Eugene.”

El Sr. Patocka se escabulló por la puerta y la cerro detrás de él. Aunque veía a Grant como un tipo de comadreja, el resto de los empleados le consideraban como su salvador personal.

“¿Bien Grant, de que va toda estas formalidades?” dije cruzando los brazos.
“Dame un respiro, garbancito,” sonrió él.

Sentado sobre su silla, relajado, con los tobillos cruzados encima de la mesa. Fruncí el ceño al ver sus ridículos calcetines de rombos. Ellos representaban precisamente lo que odiaba de Grant Bristol. Era guapo de una manera insoportable, exasperante. Su claro, pelo castaño y su bien afeitada cara de niño provocaba que la mayoría de las mujeres en nuestra oficina se extasiaban. Él vestía bien y era culto, y supongo que a veces era incluso gracioso. Todo ello me provocaba en estampar mi puño en su cuadrada barbilla. Me recordaba a una simbólica estrella de telenovela. Sus palabras eran mentira, su sonrisa era falsa, y su mera presencia me afectaba como clavos en una pizarra.

“Ugh... sabes, odio cuando me llamas así,” gemí. “Si vamos a trabajar juntos deberás de parar eso, Grant. Lo digo en serio.”

“Lo que tu digas.” Sonrió con su demasiada seria, demasiados dientes blancos. “Te quiero aquí cuando no estés en clase. Sí yo lo pude hacer, tú también lo puedes hacer. Sin excusas.”

Intentando refrenar mi temperamento, ahí de pie, le ofrecí una leve sonrisa. “Te veo mañana.”

“Una cosa más...,” dijo Grant. Me di la vuelta y esperé. “Bonita falda, garbancito.”

Pisando fuerte, salí de la oficina de Grant, intentando no patear cualquier cosa que me encontrase a mi paso. Cuando salí por la puerta de entrada, vi el Escalade de Jared, como siempre, aparcado en el bordillo al otro lado de la calle, sólo que esta vez el se encontraba apoyado contra la puerta, extremadamente incomodo, mientras Sasha estaba apoyada con su hombro contra su coche, a una distancia inferior a seis pulgadas de él. Pude ver como él intentaba ser educado mientras mantenía los brazos cruzados, siendo cauto para no reaccionar a su coqueteo, pero mis ojos prestaron atención a las risitas de Sasha y la forma de tocar su camisa, pecho y brazos con cada dos palabras que pronunciaba.

“¡Nina! Hola, cariño.” dijo Jared, mi interrupción un alivio. Me tomó entre sus brazos e hizo una exhibición a plantarme un beso sobre mis labios.

“Hola Nina,” dijo Sasha efusivamente. “ Le estaba comentando a Jared que podíamos tener alguna vez, una cita doble.

“No,” espeté, mi paciencia más allá de mis límites. Jared me acompaño a la puerta de pasajeros y abrió la puerta.

“Puedo entrar en el coche por mi misma,” dije áspera.

“Nina....” Jared sonrió, divertido por mi humor.

“No me Ninas a mi,” dije yo, mirando fijamente hacía adelante.

“Bien,” Sasha grito desde el otro lado del Todoterreno, elevando las cejas. “Supongo que te veré el lunes. Jared, ha sido agradable tener la oportunidad de hablar.”

Ignorando la última tentativa de Sasha por atraer su atención, Jared me miró durante un momento, intentando descifrar mis emociones. Finalmente, rodeo el coche para llegar a su lado, y se deslizo al asiento de mi lado. Observó a Sasha cruzar la calle y después movió la cabeza. “No creerás de verdad que yo......”

“No. No creo que estuvieses flirteando con ella,” refunfuñé yo.

Jared se alejó del bordillo y asintió. “Bien, por qué es totalmente ridículo, No sólo estoy locamente enamorado de ti.... ella es....” Jared movió su cabeza, produciendo una serie de caras hastiadas mientras intentaba pensar como describirla correctamente. “Ella es otro rollo.”

“Esa es una buena palabra para ello,” dije yo, cruzando mis brazos.

“¿Cómo fue tu reunión?” preguntó él.

“¿Me quieres decir que no lo sabes?”

“Estaba atento, pero con Sasha a dos pulgadas de mi cara, era difícil capturar los detalles. ¿Grant sigue siendo un imbécil?”

“Si,” asentí con la cabeza.

“¿Pasa algo?” Jared se quedó callado por un momento y entonces sus cejas se alzaron- “Oh”.

“¿Qué se supone significa eso?”

“Nada. No quería dar a entender nada,” dijo Jared, intentando no sonreír.

Moví mi cabeza, observando a través de la ventana como pasaban los árboles. Un día Eli nos comentó que cuando nos comprometemos de una manera física, los sentidos de Jared hacía mí se aguzaban. Todavía no se podía asegurar lo que implicaba. Jared nunca dio a entender que algo hubiese cambiado, pero cuando su acuciante curiosidad de antaño, sobre los motivos, concernientes a mi humor o sentimientos no desaparecieron, supe que algo era distinto. Le arrinconé en más de una ocasión para explicarme su nueva empatía, pero siempre lograba escaquearse de la conversación con eficiente e irresistible diversión.

“¿Sigue en pie nuestra cita para el almuerzo?” pregunté, mi atención aún puesta en el paisaje en el exterior de la ventana.

“Por supuesto. Tengo una sorpresa para ti,” dijo Jared, tomando mi mano, llevándosela a su boca.

Mi humor cambió enseguida cuando la tibieza de sus labios se disparó por mi brazo. “Me gustan las sorpresas.”

“Lo sé,” dijo él contra mi piel.

Gracias a Boozinga

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