17 de julio de 2013

Primer Capitulo: Crossing The Line de Katie McGarry

Crossing The Line de Katie McGarry,
Pushing the Limits #1.5

Lincoln

¿Es normal que me sienta cerca de ti cuando estás a cientos de kilómetros y sólo nos hemos visto una vez? Espero que no. Me alegro de que estés en mi vida. – Lila.

En la pantalla del ordenador, la pregunta “¿Por qué?” me mira acusadora. Este diálogo entre Lila y yo rompe cualquier regla no dicha de nuestra relación. Nosotros no habíamos profundizado en esto. Nunca. No esa parte de mí que no había querido una conexión tan rápida con ella. Un vínculo más allá de las letras, pero había algo en las palabras escritas que hizo nuestra relación patente.

Y ahora vamos a cruzar las líneas. La única relación que necesito, la única relación de la que dependo… La he aumentado. Convenientemente tengo una inclinación natural por destruir cualquier cosa buena. Es genético, me han dicho todas mis hermanas. Cualquiera que comparta nuestro linaje está incoherentemente condenado.

-Deberías haber hablado conmigo antes de comprarlo-gritó mi padre a mi madre en la cocina-. Hice un presupuesto.

Mi casa es un volcán, un constante borboteo de lava en peligro de explosión. Intento ignorar a mis padres, pero es difícil. Tenemos un ordenador en la casa, y está en la entrada del salón. Por el rabillo del ojo, veo claramente como las manos de mi padre tiemblan con rabia y como la frustración de mi madre tiñe sus mejillas de un escalofriante tono escarlata.

-¿Por qué debería tener que pedirte permiso para nada?- Una silla se estrella contra la madera de la mesa da la cocina y los tacones de mamá pisan con fuerza el suelo de baldosas. -También es mi dinero. Y tú tampoco me preguntaste lo que quería con respecto al presupuesto.

Te he preguntado por qué. Las palabras de Lila aparecieron en nuestra conversación por mensaje directo. Me froto las líneas de la frente, y un tenso malestar paraliza mis dedos sobre el teclado. No se por qué no lo hice. Es una mentira, lo se, pero no sé cómo decírselo. No sé cómo salvar esto.

Lo siento, respondo.

No te he pedido una disculpa, responde ella rápidamente. ¡Pregunto POR QUÉ!

Porque te amo. Es como si alguien tuviese dos manos alrededor de mi corazón y lo ahogase. La amo. Me he enamorado de una chica que sólo he visto una vez, una chica con la que he intercambiado cartas durante dos años. No hay manera de que sienta lo mismo por mí. Esas palabras la empujarían por el borde. Quiero conservarla pero, ¿qué le digo? ¿Qué puedo hacer?

Como los temblores de advertencia antes de una erupción, la discusión sube de tono. Mamá enciende la licuadora para ahogar la voz de papá. En respuesta, papá grita más alto y golpea su mano contra la mesa, haciendo chocar la vajilla contra los vasos de agua. El bebé que estaba durmiendo momentos antes, mi sobrino, comienza a llorar. No es un llanto, es un chillido; uno que hace que mi piel se separe de mis huesos.

El sonido presiona contra mi cráneo, esparciendo mi jodido proceso de pensamientos en más de una confusión. Puedo explicarlo, tecleo. Aunque no estoy seguro de poder.


¡Entonces EXPLICA! Es una rápida escritora. Demasiado rápida. Mi corazón retumba en mis oídos. Mentalmente paro el caos en torno a mí y rezo para que Lila… ¿Lila qué? ¿Qué es lo que espero que haga?

-¿Dónde demonios está Meg?- ruge mi padre. –¡Este bebé es su responsabilidad! Yo nunca estuve de acuerdo con ser su canguro.- Él nunca estuvo de acuerdo con ser abuelo a los cuarenta y cinco años de edad.

Mis ojos van desde mi padre, vestido con su polo y sus pantalones en preparación para mi graduación, al bebé vestido con un pelele azul impulsándose hacia arriba en el parque infantil situado en el centro de la espaciosa sala de estar. Toda su cara se ruboriza. La baba sale a borbotones de su pequeña boca abierta. Él gimotea de nuevo, y el sonido es como una sirena de tornado.

-Meg está fuera-, grita mamá sobre la licuadora, que sigue moliendo. Meg acaba de cumplir diecisiete años y se ha ido a las ocho de la mañana, lo que significa que anoche no vino a casa. Ella dejó a Junior con nosotros. Conmigo. Yo tampoco estuve de acuerdo nunca con ser su canguro. Como si fuera una señal, los clicks de la puerta delantera se abren. Impresionante, mi hermana ha regresado antes del mediodía. Tal vez hoy cuidará de su hijo. No hago caso a Meg. Ni siquiera la miro. En su lugar, me centro en el cursor parpadeando en la pantalla. Sólo tengo unos segundos antes de perder completamente a Lila. Cometí un error, tecleo. Yo…

La pantalla se vuelve negra. -¡Demonios!-.

-Lo necesito-, dice Meg mientras se endereza para reiniciar el ordenador. Se mete su pelo recién teñido de azul a la altura de la barbilla detrás de las orejas. –Largo de aquí-.

El nuevo chico, el que no es el padre del bebé, el que odia a los niños, está de pie en la puerta delantera con las manos metidas en sus pantalones caídos.

-¡Meg!- mamá se precipita desde la cocina. ¿Sabe que se ha dejado la licuadora encendida? ¿Se ha dado cuenta alguien de que el bebé sigue aullando? -¿Dónde has estado? La ceremonia de graduación de Lincoln es en una hora…


-¿Qué has hecho?- murmuro mientras presiono las puntas de mis dedos sobre mi cabeza. Lila. He perdido a Lila. La única persona cuerda en mi vida.


-¿Por qué debería ir?- Meg echa sus brazos a sus costados, apenas rozando la cabeza de su hijo. –No es mi graduación.

-¿Qué has hecho?- digo más alto. La ira adquiere tracción en mi sangre.

Papá golpea con una silla por encima de él en la sala de estar. -¡Levanta a tu bebé! ¡Levántale! ¡Es tu responsabilidad!

La voz de mamá es sofocada por Meg gritando una y otra vez que no va a ir a mi graduación.

-¡¿Qué has hecho?!- grito por encima de todos ellos y golpeo mis manos sobre el escritorio del ordenador.

Se callan: mamá, papá y Meg. Todos excepto el bebé. -¡Qué alguien lo levante!

Nadie lo hace. Todos me miran con ojos muy abiertos, porque saben que he explotado. Yo nunca grito. Ni una sola vez en dieciocho años me han visto perder los estribos. Soy el extraño, sí, pero soy el único estable. El impasible. El que no lloró en el funeral de mi hermano. El único que nunca pide nada a nadie; ni siquiera a mí mismo.

Los gritos aumentaron de volumen. A cámara rápida, deslicé al niño fuera de su prisión y él inmediatamente puso su cabeza sobre mi hombro, su pulgar atrapado con seguridad en su boca.

El dulce aroma de la fórmula para bebés emanando de su pequeño cuerpo. Deberíamos parecer irónicos: casi siete kilos de pequeño niño acumulados en un metro ochenta y setenta y nueve kilos y medio de músculo. Una parte de mí odiaba que se calmara gracias a mí, porque eso lo hacía mi responsabilidad. Por otra parte… en el momento en que puedo ayudar a alguien me siento mejor. Echo un vistazo al ordenador apagado. Lila. Mi mano cubre al bebé como si estuviese buscando su comodidad. Perdí a Lila. No hay manera de que se conecte conmigo online ahora. No hay manera de que pueda esperar el tiempo suficiente para ver si ella ha respondido a mi carta. Para ver si me concederá otra oportunidad.

-Coge tu bebé-, le digo a mi hermana. Sus ojos se abren mientras su cabeza convulsiona en pequeños movimientos indicando que no.

-Coge. Tu. Bebé.- Estoy equivocado. Mi casa no es un volcán; yo lo soy, y los últimos dos años han creado un gigante dormido que ya no va a tolerar ser ignorado. Estoy cansado de esto. Cansado de que todo el mundo se obsesione con ellos mismos, tan obsesionados con el momento, que han dejado de preocuparse por lo que ocurrirá a continuación.

Yo soy igual de culpable, y esta ruina ha llevado a lastimar a Lila. Pronto, las malditas malas decisiones devastarán esta familia. Dios, soy un idiota.

Tengo que trabajar duro para mantener mi voz suave, porque este bebé no tiene la culpa de que yo haya abandonado la realidad o que su madre esté tan distraída que nunca lo haya tenido o que sus abuelos estén tan concentrados en ganar una pelea que no pueden comprender que va a pasar en el futuro.

-Mamá.- la hago una señal con los ojos para que coja al ahora dormido infante.

Ella se apresura como el pájaro ocupado que es y lo desliza fuera de mi alcance. ¿Cómo demonios voy a solucionar todos los errores que he cometido en los últimos dos años?

Mi familia sigue mirándome como ciervos esperando el disparo. Debería empezar contándoles la verdad, pero las palabras se me escapan. No, no se escapan… sólo no puedo dejar de pensar en Lila.

Si ella puede encontrar la manera de perdonarme, entonces yo puedo solucionar esto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario