4 de abril de 2013

Capitulo 1: Rapture de J. R. Ward

Rapture
Una tumba.
Y no, era como en serio. Como en una la lápida y tierra recién removida, como en un cuerpo enterrado, como en cenizas a las cenizas, polvo al polvo. Matthias estaba desnudo en una tumba. En medio de un cementerio que se extendía hasta tan lejos como podía ver.
Lo primero en lo que pensó, fue en los tatuajes en la espalda que había hecho que sus hombres consiguieran de la Parca de pie en un campo de placas de mármol y granito.
Jodidamente irónico, en serio—y tal vez iba a ser cortado en lonchas y pedacitos por una guadaña en cualquier momento.
Trata de decir eso rápido tres veces. Parpadeando para aclarar lo poco que tenía de visión, reunió sus miembros cerca de su torso para conservar el calor, y esperó a que la escena cambiara de nuevo a su realidad. Cuando nada sucedió, se preguntó a donde había ido la pared que lo había mantenido encerrado por una eternidad.

¿Habría conseguido liberarse al fin de la empalagosa, y bulliciosa fosa de tortura? ¿Estaba fuera del infierno? Con un gemido, trató de levantarse, pero no era lo suficientemente fuerte sino para levantar
apenas la cabeza. Por otra parte, sabia de primera mano que los fanáticos religiosos habían
tenido razón en muchas cosas, de la clase que evitarían que un tipo tome una siesta tranquila: De
hecho, los pecadores si van hasta abajo, y no a Australia, y una vez que estuvieras allí, el
sufrimiento hace que todas las cosas de las que te quejabas cuando estabas vivo se vieran como
un pase gratis a Universal Studios. Había un Satanás. Y su sala de estar era un asco.
Aunque los religiosillos no habían conseguido todo bien. Resultó que Satanás no tenía cuernos o una cola, ni tenía un trinchete , ni tenía pezuñas hendidas, tampoco. Ella era una perra y media,
sin embargo, si le gustaba usar bastante rojo. Por otra parte, las morenas se ven bien en ese
color—por lo menos, eso es lo que se decía... Con su ojo izquierdo, el que funcionaba, parpadeó de nuevo, preparándose para su regreso a la caliente oscuridad densa, con los gritos de los condenados timbrando en sus oídos, y su propio dolor rasgando su garganta y estallando en sus labios agrietados...
Nop. Todavía en una tumba. En un cementerio. Con el culo afuera.
Aguantándoselas, él consiguió echar un vistazo alrededor de las tumbas de mármol blanco, y
parcelas familiares marcadas con ángeles, estatuas e imágenes fantasmales de la Virgen María—
aunque las tumbas de bajo perfil en la tierra eran mucho más comunes, como si los enanos de la
camada se hubieran apoderado del lugar. Los pinos y arces arrojaban sombras sobre la hierba de
primavera desaliñada y bancos de hierro forjado. Farolas brillaban en color durazno en la parte
superior como velas en una torta de cumpleaños, y los caminos sinuosos podrían haber sido
románticos en cualquier otro lugar. Aquí no lo eran. No en este contexto de muerte—
De la nada, escenas de su vida pasaron por sus ojos, por lo que se preguntó si no estaba disfrutando de una segunda oportunidad para morir. O una tercera, como era el caso. No había felices-felices en la retrospectiva. Ninguna amada esposa o hijos hermosos, ni un altar blanco ni nada. Sólo cuerpos muertos, docenas de ellos, cientos de ellos, todos los que él había matado, o había ordenado asesinar. Él había hecho el mal, el verdadero mal, durante su vida.
Se obligó a sentarse frente a la suciedad, su cuerpo era un rompecabezas que no encajaba bien,
sus partes y piezas atascadas en zócalos y sus articulaciones se sentían flojas en algunos lugares
y apretadas en otros. Pero, eso es lo que pasa cuando te haces el Humpty Dumpty , y los médicos y tus poderes curativos limitados son todo lo que tienes para poner tus cosas juntas de nuevo. Cambiando su mirada al frente de la lápida, frunció el ceño.
James Heron.
Jesús Cristo, James Heron...
Ignorando el hecho de que le temblaba la mano, trazó las letras profundamente grabadas, sus dedos hundiéndose en lo que había sido tallado en el pulido granito gris. Una respiración entrecortada dejó su pecho, como si el dolor que sintió de pronto detrás de sus costillas hubiera intimidado al oxígeno de sus pulmones. Él no había tenido ni idea de que había una recompensa eterna, que tus obras eran de hecho contadas y pesadas, que había un juicio que tendría lugar poco después del golpeteo final de su
corazón. Sin embargo, eso no era de lo que se trataba el dolor. Era el conocimiento de que incluso
si hubiera sabido lo que le esperaba, no habría sido capaz de hacer algo diferente.
—Lo siento, —dijo él, preguntándose exactamente con quién estaba hablando—. Lo siento tanto
joder...
No hubo respuesta.
Levantó la vista hacia el cielo. —¡Lo siento!
Aun no hubo respuesta, y eso estaba bien. Sus lamentos estaban tan atascados en su cabeza, que
no había mucho espacio para la entrada de ninguna fiesta de reivindicación de todos modos.
Mientras luchaba por levantarse sobre sus pies, la parte inferior de su cuerpo se dobló y se
hundió, por lo que tuvo que apoyarse en la lápida para equilibrarse. Dios, era un desastre, sus
muslos estaba salpicados de cicatrices, el vientre lleno de queloides , una pantorrilla casi en
huesos. Los médicos habían hecho milagros con sus engranajes y tornillos, pero en comparación a
la forma en la que había nacido, era un juguete roto reparado con cinta adhesiva y pegamento.
Por otra parte, se supone que el suicidio funcionaría. Y Jim Heron era la razón por la que había
sobrevivido durante otros dos años. Luego, la muerte lo había encontrado y reclamado,
demostrando que la tierra sólo prestaba almas. Qué en el otro lado estaban sus verdaderos
dueños.
Por costumbre, miró a su alrededor buscando su bastón, pero luego se concentró en lo que era
más probable encontrar: sombras viniendo por él, ya sea aquellas criaturas oleosas procedentes
de abajo, o de la variedad humana.
De cualquier manera estaba jodido: Como el ex jefe de XOps, tenía más enemigos que un
dictador del tercer mundo, y todos ellos tenían armas o armas que rentar. Y como un rechazado
del patio de recreo del diablo, ni que decir que no había salido de su prisión de forma gratuita.
Tarde o temprano, alguien iba a venir tras él, y a pesar de que no tenía nada por qué vivir, su
ego por si sólo le exigía dar batalla

O por lo menos hacer, de sí mismo, un objetivo medio decente.
Empezó con una cojera, y continuó con la gracia de un espantapájaros, su cuerpo sacudiéndose
en una serie de espasmos que culminaron con una marcha desordenada que dolía como el
infierno. Para conservar el calor, trató de envolver sus brazos alrededor de sí mismo, pero eso no
duró mucho. Los necesitaba para compensar los bandazos.
Con sus pies arrastrándose al estilo zombi y su revuelta, su cabeza “a-lo-qué-carajos”, él siguió
caminando, cruzando la hierba áspera, pasando por las tumbas, sintiendo el roce de aire frío y
húmedo a través de su piel. No tenía idea de cómo había salido. A donde se dirigía. Qué día, mes
o año era.
Ropa. Abrigo. Alimento. Armamento.
Una vez que haya asegurado lo básico, se preocuparía por el resto de cosas. Suponiendo que algo
no se lo llevara antes, después de todo, un depredador herido se convertía rápidamente en una
presa. Era la ley de la naturaleza.
Cuando se acercó a un edificio de piedra con una franja en forma de caja de hierro forjado,
asumió que era sólo otra tumba. Pero el nombre del Cementerio Pine Grove a través de su
frontón , y la brillante cerradura maestra en la puerta principal sugirió que era el centro de
equipo de las instalaciones.
Afortunadamente, alguien había dejado una de las ventanas entrecerrada en la parte posterior.
Naturalmente, la cosa estaba pegada como una lapa en su posición.
Recogiendo una rama caída, hizo gancho en la abertura, y la empujo hasta que la madera se
inclinó y apretó sus brazos fuertemente.
La ventana se movió y dejó escapar un chillido agudo.
Matthias se congeló.
Pánico, desconocido, pero aprendido a la brava, lo tenía retorciéndose alrededor y buscando las
sombras. Conocía ese sonido. Era el ruido que los secuaces del demonio hacían cuando venían por
ti—
Nada.
Sólo tumbas y luces de gas que, sin importar lo mucho que su glándula suprarrenal sugiriera lo
contrario, no se convirtieron en algo más.
Maldiciendo, hizo un último esfuerzo, usando la rama como un cabrestante hasta que tuvo
suficiente espacio para pasar. Conseguir levantar su culo por encima de la tierra fue una
producción, pero una vez que tenía los hombros dentro, dejó que la gravedad hiciera el resto del
trabajo. El piso de concreto en el que aterrizó se sintió como si tuviera bobinas refrigerantes en
él, y tuviera que tomar una ST , su aliento se arrastró por su garganta, su estomago cayó en un
giro mientras el dolor crepitó en demasiados lugares como para contarlos—
Sobre su cabeza, luces fluorescentes parpadearon en el techo, y luego brillaron con firmeza y
seguridad, cegándolo.
Malditos sensores de movimiento. Lo bueno era que tan pronto como sus ojos se ajustaron, tuvo
una clara vista de todo tipo de cortadoras de césped, desmalezadoras, y carretillas. ¿La
desventaja? Él era un diamante en un joyero, listo para ser agarrado.
Más allá, en la pared, colgaban de ganchos, como pieles de animales muertos, juegos de monos
impermeables esperando que alguien sin un guardarropa los utilizara, y él agarro algo para
ponerse por debajo y encima. Las cosas estaban diseñadas para colgar sueltas, pero en él se
agitaban como velas de un barco.
Mejor. Mejor con la ropa, a pesar de que olía a fertilizantes y los roces iban a convertirse
rápidamente en un problema. Una gorra de béisbol en el mostrador que tenía el logo de los
Medias Rojas de Boston y agarró la cosa para conservar el calor del cuerpo, luego miró a su
alrededor por cualquier cosa que pudiera usar como bastón. Las palas de mango largo iban a
pesarle demasiado para ser eficientes, y no parecía que ninguno de los otros trastos fueran a
ayudar.
A la mierda. Su misión crítica más inmediata era alejarse de toda la luz del techo que alumbraba
su pequeño desfile de cojera.
Salió por donde había entrado, forzándose a sí mismo a pasar por la ventana abierta de nuevo y
aterrizando con fuerza en el suelo. No tenia tiempo para quejarse ni maldecir el impacto, tenía
que empezar a moverse.
Antes de morir e ir al infierno, por así decirlo, él había sido el perseguidor. Mierda, toda su vida
había sido el cazador, el que acechaba, acorralaba y destruía. Ahora, mientras regresaba a la
oscuridad de las tumbas, todo lo intangible de la noche era peligroso hasta que se demuestre lo
contrario.
Esperaba estar de vuelta en Caldwell.
Si lo estaba, todo lo que tenía que hacer era permanecer bajo el radar y salir pitando hacía
Nueva York, donde tenía un alijo de suministros.
Sí, rezaba por que fuera Caldwell. Cuarenta y cinco minutos al sur de la autopista era todo lo que
necesitaba, y él ya había irrumpido ilegalmente. Encontrar un auto viejo y hacerle un puente,
también era una habilidad que podría resucitar.
Una vida después, o al menos eso parecía, él se acercó a la verja de hierro forjado que bordeaba
toda la superficie del cementerio. La cosa era de diez pies de alto, y con la orilla con puntas que
en una vida pasada probablemente habían sido dagas.
Frente a frente con las barras que lo mantenían del lado de los muertos, las agarró con sus
manos y sintió el frío del metal devolverle la mano. Mirando hacia arriba, se centró en los cielos.
Las estrellas sobre su cabeza en realidad le guiñaban.
Era curioso, siempre había pensado que era sólo un decir.
Inhalando, arrastró el limpio y fresco aire en sus pulmones, y se dio cuenta de que se había
acostumbrado al hedor en el infierno. En un principio, había sido lo que más había odiado, ese
nauseabundo olor a huevo podrido que invadía la parte posterior de su garganta y viajaba
envenenando sus entrañas: Más que un mal olor, ésa había sido una infección que había entrado
en su nariz y tomado el control de allí, convirtiendo todo lo que estaba en su territorio en algo de
su propiedad.
Pero se había habituado a él.
Con el tiempo, y en medio del sufrimiento, se había aclimatado al horror, la desesperación, el
dolor.
Su ojo malo, con el que no podía ver, se humedeció.
Nunca iba a lograr llegar allí arriba, a las estrellas.
Y esta tregua era probablemente sólo una manera de aumentar su tortura. Después de todo, no
había nada como un periodo de alivio para revitalizar una pesadilla: cuando regrese a la mierda,
el contraste lo afilaría todo, dejando fuera la a climatización, el ilusorio restablecería las cosas al shock inicial que había sentido.
Ellos volverían a venir por él. Era, después de todo, exactamente lo que se había ganado.
Pero durante todo el tiempo que tuviera, iba a luchar contra lo inevitable—no con la esperanza
de evadirlo, no por la posibilidad de un indulto, sino simplemente como una función autónoma de
su cableado.
Lucharía por la misma razón que había hecho el mal.
Era simplemente lo que hacía.
Devolviéndose a sí mismo a la tierra, acomodó como mejor pudo sus dos pies en las barras y con
su mejor esfuerzo empujó con todo su peso. Una y otra vez. La parte superior se veía a
kilómetros de distancia y la distancia sólo le hacia centrarse más en su objetivo.
Después de toda una vida, su mano se cerró en una de las puntas y luego torció su brazo
alrededor del punto vicioso.
La sangre fluyó un momento después, cuando pasó la pierna por arriba y metió por la valla la
cabeza y los hombros, una de esas afiladas y puntiagudas cosas agarró su pantorrilla y se llevó
un pedazo de ella.
No había vuelta atrás, sin embargo. Se había comprometido a esto, y de un modo u otro la
gravedad iba a ganar y llevarlo a la tierra—así que era mejor estar en el exterior que en el
interior.
Mientras caía libremente, se centró en las estrellas. Incluso estiró la mano para alcanzar alguna
de ellas. El hecho de que simplemente se alejaran cada vez más, parecía ser acertado.

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