15 de marzo de 2013

Prologo de Lover At Last ( J. R. Ward)


Ups. Su tara.
A la Glymera no le gustaban los defectos. Ni en su porcelana ni en sus jardines de rosas. Ni en su papel pintado, sus alfombras o sus encimeras. Ni en la seda de su ropa interior, la lana de sus blázers o la gasa de sus vestidos.
E indudablemente, nunca jamás en sus hijos.
Su hermana tenía el visto bueno... bien, excepto por su "pequeño problema de peso" que realmente no existía y un ceceo que su transición no había curado... oh, y el hecho de que tenía la personalidad de su madre. Y no había quien arreglase esa mierda. Su hermano, por otra parte, era la verdadera jodida estrella, un primogénito físicamente perfecto, preparado para llevar adelante la línea de sangre de la familia, reproduciéndose de manera muy elegante, en una situación sin gemidos y sin sudor, con una hembra elegida para él por la familia.
Diablos, la destinataria de su esperma ya había sido preparada. Él iba a emparejarse con ella tan pronto atravesase la transición...

—¿Cómo te sientes, hijo mío? —preguntó su padre con indecisión.

—Cansado, sir —respondió una voz profunda—. Pero esto va a ayudar.

Un escalofrío se arrastró a la fuerza por la columna de Qhuinn. Eso no sonaba como su hermano. Demasiado bajo. Demasiado masculino. Demasiad...

Santa mierda, el tipo había pasado por la transición.
Ahora las Ed Hardys de Qhuinn se hacían con el programa, llevándole hacia delante hasta que pudo ver el interior del comedor. Su padre estaba en su asiento a la cabecera de la mesa. Comprobado. Su madre estaba a los pies de la mesa frente a la puerta corredera de la cocina. Comprobado. Su hermana estaba mirando hacia fuera de la habitación, casi lamiendo con hambre el borde dorado de su plato. Comprobado.
El macho que le daba la espalda a Qhuinn no era parte del POE.
Luchas era dos veces el tamaño que era cuando Qhuinn había sido abordado por un doggen y le dijo que cogiese sus cosas y fuese a casa de Blay.
Bien, eso explicaba las vacaciones. Había asumido que su padre finalmente se había ablandado y cedido a la petición que Qhuinn había presentado semanas antes. Pero no, el tipo solo había querido a Qhuinn fuera de la casa porque el cambio había llegado para el niño de oro de la reserva genética.
¿Su hermano se había follado a la tía? A quien hubiesen utilizado por la sangre...
Su padre, nunca del tipo demostrativo, estiró la mano y le dio a Luchas una torpe palmadita en el antebrazo.

—Estamos tan orgullosos de ti. Te ves... perfecto.

—Lo eres —abrió la boca la madre de Qhuinn—. Simplemente perfecto. ¿No se ve perfecto tu hermano, Solange?

—Sí, lo hace. Perfecto.

—Y tengo algo para ti —dijo Lohstrong.

El macho buscó dentro del bolsillo de su chaqueta sport y sacó una caja de terciopelo negro del tamaño de una pelota de béisbol.
La madre de Qhuinn empezó a llorar y darse toquecitos bajo los ojos.

—Esto es para ti, mi amado hijo.

La caja se deslizó por el blanco mantel de damasco y las ahora enormes manos de su hermano temblaron cuando la cogió y saltó la tapa.
Qhuinn captó el destello de oro todo el camino de vuelta al vestíbulo.
Mientras todo el mundo en la mesa estaba en silencio, su hermano miraba fijamente el anillo de sello, claramente abrumado, mientras su madre seguía con los toquecitos e incluso su padre se puso sensiblero. Y su hermana birlaba un panecillo de la cesta del pan.



—Gracias, sir —dijo Luchas mientras se ponía el pesado anillo de oro en el dedo índice.

—Te queda bien, ¿no? —preguntó Lohstrong.

—Sí, sir. Perfecto.

—Llevamos la misma talla, entonces.

Por supuesto que lo hacían.
En ese momento, su padre apartó la vista, como si esperase que el movimiento de sus globos oculares pudiera encargarse del brillo de las lágrimas que habían aparecido en su visión.
Pilló a Qhuinn espiando fuera del comedor.
Hubo un breve destello de reconocimiento. No del tipo hey-cómo-estás ni oh-bien-mi-otro-hijo-está-en-casa. Más bien como cuando estás caminando por el césped y notas un montón de mierda de perro demasiado tarde para evitar que el pie aterrice en ella.
El macho volvió a mirar a su familia, dejando fuera a Qhuinn.
Claramente, lo último que quería Lohstrong era que un momento histórico como aquel fuese arruinado... y probablemente ese era el motivo por el que no hizo las señales con la mano que los protegían de aquellos ojos malvados. Normalmente, todos en la casa ejecutaban el ritual cuando veían a Qhuinn. Esta noche no. Papaíto no quería que los otros lo supieran
Qhuinn fue hacia su bolsa de lona. Lanzando el peso sobre su hombro, tomó las escaleras centrales hacía su dormitorio. Normalmente su madre prefería que utilizase las de los sirvientes, pero eso significaría atravesar todo el amor que había allí.
Su habitación estaba tan lejos de las otras como podrías conseguir, todo el camino a la derecha. A menudo se había preguntado por qué no habían dado el salto y lo habían puesto con los doggen... pero entonces el personal probablemente les habría abandonado. Encerrándose dentro, lanzó sus ropas al suelo desnudo y se sentó en la cama. Mirando su única pieza de equipaje, imaginó que lo mejor era llevar eso a la lavandería pronto, mientras había un traje de baño húmedo allí.
Las sirvientas rechazaban tocar sus ropas.. como si el demonio en él remolonease en las fibras de sus vaqueros o de sus camisetas. La ventaja era que nunca era bienvenido en eventos formales, así que su guardarropa era un lavar-y-poner, chico...
Descubrió que estaba llorando cuando miró hacia abajo a sus Ed Hardys y se dio cuenta de que había un par de gotas de agua en medio de sus cordones.
Qhuinn nunca había conseguido un anillo.
Ah, diablos... eso dolía.
Estaba restregándose la cara con las palmas de las manos cuando su teléfono sonó. Sacándolo de su chaqueta de motorista, tuvo que parpadear un par de veces para enfocar.
Presionó enviar para aceptar la llamada, pero no respondió.

—Acabo de escuchar —dijo Blay a través de la conexión—. ¿Cómo te va?

Qhuinn abrió la boca para responder, su cerebro escupiendo todo tipo de respuestas: "Jodida y magníficamente genial". "Al menos no estoy tan 'gordo' como mi hermana". "No, no sé si mi hermano ha conseguido follar".
En vez de eso, dijo:

—Me sacaron de la casa. No me querían aquí para maldecir la transición. Me imagino que funcionó, porque el tipo se ve como si la hubiese atravesado bien.

Blay juró suavemente.

—Oh, y consiguió su anillo justo ahora. Mi padre le dio... su anillo.

El sello con el blasón familiar en él. El símbolo que todos los machos de buen linaje llevaban para atestiguar la importancia de su línea de sangre.

—Vi a Luchas poniéndoselo en el dedo —dijo Qhuinn, sintiendo como si llevase un cuchillo afilado y lo aproximase al interior de sus brazos—. Encaja perfectamente. Se veía grande. Aunque tú sabes... como, si no pudiese...

Empezó a llorar en este punto.
Tan malditamente perdido.
La terrible verdad estaba bajo la jodida rebeldía, él quería que su familia le amase. Tan remilgada como era su hermana, tan friki-sabihondo como era su hermano, tan reservados como eran sus padres, vio el amor entre los cuatro. Sintió el amor entre ellos. Era el lazo que ataba a esos individuos juntos, la cadena invisible de un corazón al otro, el compromiso de cuidar de todo, desde la mierda mundana al verdadero drama mortal. Y lo único más poderoso que aquella conexión... era ser expulsado fuera de allí.
Cada jodido día de tu vida.
La voz de Blay cortó a través de las náuseas.

—Estoy aquí para ti. Y estoy tan malditamente apenado... Estoy aquí para ti... Simplemente no hagas nada estúpido, ¿vale? Déjame ir...

Dejar que Blay supiese que estaba pensando en cosas que involucraban ropas y alcachofas de ducha.
De hecho, su mano libre ya había bajado al improvisado cinturón que había creado con un agradable y fuerte tejido de nylon... porque sus padres no le daban demasiado dinero para ropas, y el que se había conseguido él mismo se había roto hacía años.
Desatando la extensión, miró al otro lado, hacia la puerta cerrada de su baño. Todo lo que tenía que hacer era un nudo en el accesorio de la ducha... Dios sabía que esa cañerías habían funcionado en los buenos viejos días, cuando las cosas eran lo suficientemente fuertes para sostener algún peso. Incluso tenía una silla que podía ponerla allí y luego echarla a patadas de debajo de él.

—Me tengo que ir...

—¿Qhuinn? No me cuelgues... no te atrevas a colgarme...

—Escucha tío, me tengo que ir...

—Voy para allá ahora mismo. —Mucha agitación de fondo, como si Blay se estuviese poniendo algunas ropas—. ¡Qhuinn! No cuelgues el teléfono... ¡Qhuinn...!

Gracias a La Hermandad de la Daga Negra y Cazadores de Sombras

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