25 de octubre de 2012

Fragmentos de Rapture (J. R. Ward)


Él bajó la barbilla y la miró fijamente por encima de las Ray-Ban.
—No quiero que estés a solas conmigo. Es demasiado peligroso.
Ella se detuvo con una patata frita a medio camino de su boca.
—Sin ofender. Pero teniendo en cuenta tu condición física, podría romperte ambas piernas y dejarte inconciente en un minuto de Nueva York —cuando las cejas de él se dispararon hacia arriba, ella asintió—. Soy cinturón negro, tengo licencia para llevar un arma de mano oculta y nunca voy a ninguna parte sin un buen cuchillo o mi pistola —le dedicó una rápida sonrisa, cogió su ensalada de pollo y comió un poco como si nada—. Entonces ¿qué dices?



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Mels lo miró al otro lado de la cama.
—¿Puedo ser honesta contigo?
—Siempre.
Hubo una larga pausa.
—No te siento como un extraño.
—Me pasa lo mismo —dijo él bajito—. Siento como si te conociera toda mi vida...
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—¿Estás desnuda debajo de eso? —preguntó sin aliento.
—En cueros.
Él retrocedió un poco.
—No puedo decidir si esa es la cosa más caliente que he oido nunca...
—¿O?
—O si quiero matar a todo aquel que te haya visto así.
—No estoy enseñando nada.
—Aún no.
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Mientras se servía su negro básico, pensó en la verdadera propietaria de la taza, Beth Randall, la reportera que se había sentado en ese cubículo durante... bueno, debía de haber sido poco más de dos años. Una tarde, la mujer se había ido y nunca más había vuelto. Mels había sentido la desaparición -no es que ella conociera a su colega del todo bien- y se sentía mal por conseguir finalmente el puesto bajo esas circunstancias.
Había conservado la taza sin niguna razón en particular. Pero ahora, mientras tomaba un sorbo de ella, se dio cuenta de que era por la esperanza de que la mujer volviera. O por lo menos, de que estuviera bien.
Parecía que estaba rodeada de personas desaparecidas.

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Mientras lo miraba, esperó a que algo, cualquier cosa, llegara hasta ella. Nada. Él se quedó allí, mirándola fijamente a los ojos como si estuviera dispuesto a hacer eso durante los próximos cien años.
—Supongo que debería darte las gracias por salvarme la vida —murmuró ella.
—No hace falta. No soy sentimental.
—Bueno, te ves como si tuvieras algo que decirme...
—Matthias te necesita.
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Una tumba.
Y no era serio. Ni lápida ni tierra recién removida, ni un cuerpo por debajo, ni cenizas a las cenizas, ni polvo al polvo.
Matthias estaba desnudo sobre una tumba. En medio de un cementerio que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.



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