22 de junio de 2012

Prólogo de Time Untime

Prólogo

En un pasado distante, y no registrado.

No era divertido ser el vigilante de las puertas del infierno. Lo único peor era que El Mal te tratara como su perra, y Makah’Alay Omawaya ya había pasado por eso.

Por decisión propia.

Un tic comenzó en su barbilla esculpida mientras el salvaje viento arremolinaba su largo cabello negro, azotándolo mientras estaba parado al borde de un precipicio, con su cuerpo musculoso y sus armas delineadas por la luna.

Harto y cansado, observó el rojizo cañón que estaba bañado por la luz de la luna y haciendo que las sombras bailaran recordándole su pasado.

¿Cómo era posible que un solo hombre arruinara tantas vidas?

No, arruinar no.

Destruir.

No tenía derecho a estar vivo. No después de todas la sangre que había derramado por egoísmo con su cuchillo y sus flechas. No después de las atrocidades que había cometido. Y aun así, aquí estaba. Solo.



Avergonzado.

Sin poder morir.

Un guardián designado dos veces a cuidar un mundo al que había hecho todo lo posible para aniquilar. Si, no tenía sentido para él tampoco. Los espíritus eran un misterio. No podía ni comenzar a entender su razonamiento al dejar que él pudiera volver a este lugar.

Pero entonces, la única lección que había aprendido después de pasar por todo esto era la verdad en el antiguo dicho – El hombre tiene responsabilidades, no poder. Después de todos estos años, finalmente entendía lo que quería decir.

No voy a fallarles.

Ni a mi mismo.

Estoy decidido. . .

Él vivía su vida presente por decisión propia, no por casualidad. Los espíritus no lo habían elegido para esta tarea. Él se había ofrecido. Sin más excusas, podría cambiar para mejor.

Esta vez, sería motivado, no manipulado.

Sería útil. No usado. Se destacaría, en vez de competir.

Desde este momento en adelante, confiaría en su sabiduría interior e ignoraría al consejo y a la opinión de los otros. Su autocompasión sin valor, finalmente lo abandonaba y él haría lo posible para construir su autoestima.

Para vivir su vida con honor, de la forma que siempre debería haber sido.

Su mirada registró la profunda caverna debajo donde una vez había librado una batalla contra un poderoso inmortal por un año y un día. Todavía no sabía cómo o dónde había encontrado la fuerza para la batalla. Pero en ese entonces su adrenalina y los años de humillaciones pasadas que todavía sentía aferrados a su garganta habían evitado que sintiera ningún tipo de dolor. Habían evitado que sintiera la fatiga y las heridas. Liberar tantas décadas de furia contenida lo habían alimentado mejor que la leche materna.

Si solo pudiera sentirse reconfortado. Pero con la pelea finalizada y la sangre en sus manos, se sentía cansado y enfermo. Asqueado. Solo quería culpar a alguien más. A quien sea. Pero al final, no podía ocultarse de una simple realidad.

Solo él había causado esto. Había tomado la decisión y había dejado que alguien más controlara sus pensamientos.

Ahora era tiempo de enmendar las cosas.

No estás libre, Makah’Alay. Nunca dejarás de servirme. Ahora te tengo por el resto de la eternidad.

“No, no es así.,” le contestó en su mente, tan fuerte que se escuchó en las tierras del Oeste donde el Espíritu del Oso estaba apriosionado.

Con suerte, por toda la eternidad.

Él espíritu del oso había sido dueño de Makah’Alay Omawaya.

“Makah’Alay Omawaya está muerto.” Asesinado por la traición de su hermano. Y eso también había estado justificado.

Ahora era solo Ren, y su alma estaba en las manos de una inmortal de una tierra lejana del cual no supo de su existencia hasta el día de su muerte.

Art-uh-miss. Ella había manipulado la magia que lo había traído nuevamente a este reino. Y él se había jurado proteger a este mundo de las criaturas de sus hermanos, los cuales eran predadores de las almas de la humanidad. La simetría y la ironía del asunto no le pasaron desapercibidas.

Pero entonces su gente siempre había creído en ciclos y en círculos…

Sé amable con todos, porque volverás a encontrarte con ellos nuevamente. La gente era la misma, solo las circunstancias cambiaban.

Y el hecho de que Artemisa fuera la dueña de su alma después de todo lo que había hecho, parecía justo. Sin mencionar, que le había permitido vigilar a su hermano para asegurarse de que Coyote no dañara la tierra más de lo que lo había hecho Ren.

Aun así, no podía negar que mientras el Espíritu del Oso estuviera atrapado en las tierras del oeste, el bastardo todavía poseía una parte de él que por siempre estaría corrompida.

Una parte que esperaba que estuviera sellada tan fuertemente como las puertas que contenían al espíritu del oso.

Pero muy profundamente, con los poderes que Ren había maldecido desde el momento de su nacimiento, vio lo que iba a venir. Esas puertas se debilitarían. Y si bien él era fuerte, un hombre, incluso un inmortal, no era tan fuerte. El abuelo tiempo seguía adelante mientras espiralaban por las tierras que él había cambiado para siempre.

Sus fuertes manos moldeaban y le daban forma a la tierra.

Como Ren, él la afectaba.

Un día, el Abuelo Tiempo vendría por él y demandaría ajustar cuentas por todo lo que Ren había hecho.

Por todo lo que no había hecho.

Que los buenos espíritus de la tierra los ayudaran cuando llegara ese día. El cambio nunca llegaba sin sacrificios. Y si bien conocía su fuerte, también conocía sus debilidades.

También el espíritu del oso y su dama de compañía la Vidente del Viento. Ellos ya lo habían reclamado como propio una vez.

La próxima vez que se enfrentaran, Ren pelearía con todo lo que tenía. Pero sabía que no sería suficiente. Volverían a poseerlo, y el mundo del hombre…

Ren se encogió ante sus visiones del futuro y lo que le esperaba al mundo que no tenía idea de las cosas que los hombres como él luchaban por contener.

No importaba si no cambiaba nada. Él pelearía por el bien con más fuerza de lo que había peleado por el mal. Si ganaba, todo iría bien. Si perdía…

La muerte tenía algunos beneficios.

Traduccion de Mariana Agnelli para Rito de Sangre

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