23 de junio de 2012

Capitulo 1: Fifty Shades Freed (E.L. James)

 
Miro a través de las brechas del parasol del jardín de hierba hacia el más azul de los cielos, el azul del verano, azul Mediterráneo con un suspiro de satisfacción. Christian está a mi lado, tendido en una tumbona. Mi marido- mi caliente marido, hermoso, sin camisa y con un bermuda de jean –está leyendo en un libro la predicción del colapso del sistema bancario occidental. Por todas las cuentas, es una página-Turner. No lo he visto sentarse así de tranquilo, nunca. Luce más como un estudiante que como el atractivo Gerente General de una de las más exitosas compañías privadas en los Estados Unidos.
En el tramo final de nuestra luna de miel, descansamos bajo el sol del atardecer en la playa de la bien llamada Beach Plaza Montecarlo, en Mónaco, aunque no nos estamos alojando en este hotel. Abro mis ojos y contemplo al Fair Lady anclado en el puerto. Estamos alojados, por supuesto, a bordo de un lujoso yate a motor. Construida en 1928, ella flota majestuosamente sobre el agua, la reina de los todos los yates en el puerto. Parece el juguete de cuerda de un niño. Christian la ama –sospecho que está tentado a comprarla. Honestamente, los chicos y sus juguetes.
Sentada hacia atrás, escucho la mezcla de Christian Gray en mi nuevo iPod y dormito bajo el sol del atardecer, recordando su propuesta. Oh, su
propuesta de ensueño en el embarcadero... Casi puedo oler el aroma de las flores del prado...
—¿Podemos casarnos mañana?— Murmura Christian suavemente en mi oído. Estoy recostada de su pecho en la florida glorieta del embarcadero, saciada después de hacer el amor apasionadamente.
—Hmm.
—¿Es eso un sí?— Oigo su esperanzada sorpresa.
—Hmm.
—¿Un no?
—Hmm.

Siento su sonrisa. —Señorita Steele, ¿Está usted diciendo incoherencias?
Sonrío. —Hmm.
Se ríe y me abraza fuertemente, besando la parte superior de mi cabeza. —Las Vegas, mañana entonces.
Adormilada levanto la cabeza. —No creo que mis padres estarían muy contentos con eso.
El tamborilea sus dedos de arriba abajo por mi espalda desnuda, acariciándome gentilmente.
—¿Qué quieres, Anastasia? ¿Las Vegas? ¿Una gran boda con todos los detalles? Cuéntame.
—Nada grande... Sólo amigos y familiares—. Miro moverse una súplica silenciosa en sus brillantes ojos grises. ¿Qué quiere?
—Está bien—. Asiente con la cabeza. —¿Dónde?
Me encojo de hombros.
—¿Podemos hacerlo aquí?—, Pregunta tímidamente.
—¿Dónde tus padres? ¿Les importaría?
Él resopla. —Mi madre estaría en el séptimo cielo.
—Bueno, aquí. Estoy segura de que mi mamá y mi papá prefieren eso.
Él me acaricia el pelo. ¿Podría ser más feliz?
—Entonces, ya determinamos dónde, ahora el cuándo
—Seguramente debes preguntarle a tu madre.
—Hmm—. La sonrisa de Christian cae. —Ella puede tener un mes, eso es todo. Te quiero mucho como para esperar más.
—Christian, me tienes. Me has tenido por un tiempo. Pero está bien -un mes será— Le doy un beso en el pecho, un suave y casto beso y le sonrío.
—¡Vas a arder!—. Susurra en mi oído, despertándome de mi siesta.
—Sólo por ti—. Le doy mi más dulce sonrisa.

El sol de la tarde ha bajado y estoy bajo su resplandor. Él sonríe y en un movimiento rápido tira de mi tumbona hacia la sombra del parasol.
—Fuera del sol del Mediterráneo, Señora Grey.
—Gracias por su altruismo, Sr. Grey.
—El placer es mío, Señora Grey y no estoy siendo altruista en absoluto. Si usted se quema, no voy a ser capaz de tocarla—. Levanta una ceja, sus ojos brillan con alegría y mi corazón se expande. —Pero sospecho que sabe eso y que se está riendo de mí.
—¿Lo haría?— respondo, fingiendo inocencia.
—Sí lo haría, y lo hace. A menudo. Es uno de las muchas cosas que me gustan de usted—. Se inclina hacia abajo y me besa, jugando y mordisqueando mi labio inferior.
—Estaba esperando que me frotara con más protector solar—. Hago un puchero .
—Señora Grey, ese es un trabajo sucio... pero es una oferta a la que no puedo negarme. Levántese—, me ordena, con la voz ronca. Hago lo que me han dicho y con golpes minuciosamente lentos en sus dedos fuertes y flexibles, me cubre con protector solar.
—Realmente eres muy hermosa. Soy un hombre afortunado— murmura mientras sus dedos se deslizan sobre mis pechos, esparciendo la loción.
—Sí, lo es, Sr. Grey—. Lo miro tímidamente a través de mis pestañas.
—La modestia la convierte, Sra. Grey. Dé la vuelta. Quiero cubrir su espalda.
Sonriente, Me doy la vuelta y él se deshace de la correa posterior de mi bikini horriblemente caro.
—¿Cómo se sentiría si estuviese topless como las otras mujeres en la playa?—, pregunto.
—Enfadado—, dice sin dudarlo. —No estoy muy contento de que esté tan poco vestida en este momento—. Él se inclina y susurra en mi oído.
—No presione su suerte.
—¿Es un reto, Sr. Grey?
—No. Es una declaración de hecho, Señora Grey.
Suspiro y me sacudo la cabeza. ¡Oh, Christian!... mi posesivo, celoso, loco del control Christian.
Cuando termina, golpea mi trasero.
—Lo harás, muchacha.
Su siempre-presente, siempre-activa BlackBerry vibra. Frunzo el ceño y él sonríe.
—Solo mis ojos, Señora Grey. Levanta una ceja con una juguetona advertencia, me da una nalgada una vez más y se recuesta de nuevo en su tumbona para tomar la llamada.
Mi diosa interior ronronea. Tal vez esta noche podría hacer algún tipo de show sólo para sus ojos. Ella sonríe a sabiendas, arqueando una ceja. Yo sonrío ante el pensamiento y me entrego de nuevo a mi siesta vespertina.
—Mam'selle? Un Perrier pour moi, un Coca-Cola light pour ma femme, s'il vous plait. Et quelque chose a manges… laissez-moi voir la carte.

Hmm... Christian hablando con fluidez el francés me despierta. Mis pestañas aletean ante el resplandor del sol y me encuentro a Christian observándome, mientras que una uniformada joven mujer se aleja, con su bandeja en el aire, su cola de caballo rubia alta oscilando provocativamente.
—¿Tienes sed?—, Pregunta.
—Sí—, murmuro, soñolienta.
—Podría verte todo el día. ¿Cansada?
Me sonrojo. —No pude dormir mucho anoche—.
—Yo tampoco—. Él sonríe, deja su Blackberry, y se levanta. Sus pantalones cortos caen un poco y cuelgan... de esa manera que hace que su traje de baño se haga visible debajo. Christian se quita sus shorts, dando un paso fuera de sus flip-flops. Pierdo el hilo de mis pensamientos.
—Ven a nadar conmigo—. Extiende su mano, mientras miro hacia él, aturdida. —¿Nadas?—, pregunta de nuevo, ladeando la cabeza hacia un lado, con una expresión divertida en su rostro. Cuando no respondo, mueve la cabeza lentamente.
—Creo que necesitas una llamada para despertarte— De repente,
se echa encima de mí y me eleva en sus brazos mientras grito, más de sorpresa que de alarma.
—¡Christian! ¡Bájame!— Chillo.
Él se ríe. —Sólo en el mar, bebé.
Varios bañistas en la playa miran con ese desconcertado desinterés tan típico, que ahora me doy cuenta, tienen los franceses, mientras Christian me lleva al mar, riendo y meciéndome.
Junto mis brazos alrededor de su cuello. —No lo harías—. Digo sin aliento, tratando de ahogar mi risa.
El sonríe. —Oh, Ana, cariño, ¿No has aprendido nada en el poco tiempo que nos conocemos?
Él me besa, y aprovecho mi oportunidad de correr mis dedos por el pelo, agarrando dos puñados y le respondo el beso invadiendo su boca con mi lengua. Él inhala fuertemente y se inclina hacia atrás, los ojos ahumados, pero cuidadosos.
—Conozco tus juegos—, susurra y poco a poco se hunde en el agua fresca y clara, llevándome con él mientras sus labios me encuentran una vez más. El frío del Mediterráneo se olvida pronto mientras me envuelvo
alrededor de mi marido.
—Creí que querías nadar—, me quejo contra su boca.
—Eres muy distractiva—. Christian roza mi labio inferior con sus dientes. —Pero no estoy seguro de que quieras que la buena gente de Monte Carlo va a mi esposa en la agonía de la pasión.
Corro mis dientes a lo largo de su quijada, la barba de su garganta cosquillea contra mi lengua, sin importarme ni un centavo la buena
gente de Monte Carlo.
—Ana—, se queja. Envuelve mi cola de caballo alrededor de su muñeca y tira suavemente, inclinando mi cabeza hacia atrás, exponiendo mi garganta. Hace un camino de besos desde mi oreja hacia mi cuello.
—¿Quieres que te tome en el mar?— respira.
—Sí—, le susurro.
Christian se aleja y mira hacia mí, sus ojos calientes, con ganas, y divertido. —Señora Grey, es insaciable y abrazadora. ¿Qué clase
de monstruo he creado?
—Un monstruo que encaja contigo. ¿Me tienes de otra manera?
—Te tomaré de cualquier forma que pueda, sabes eso. Pero no ahora. No con una audiencia.
Él mueve la cabeza hacia la orilla.
¿Qué?
Efectivamente, muchos de los que toman el sol en la playa han abandonado su indiferencia y nos observan ahora con interés. De repente, Christian me agarra por la cintura y me lanza al aire, dejándome caer en el agua y se hunde debajo de las olas hacia la suave arena de abajo. Yo salgo a la superficie, tosiendo, escupiendo y riendo.
—¡Christian!— lo regaño, mirándolo. Pensé que íbamos a hacer el amor en el mar... y él apunta otra cosa primero. Se muerde el labio inferior para sofocar su diversión. Yo lo salpico y me salpica de regreso.
—Tenemos toda la noche—, dice, sonriendo como un tonto. —Nos vemos, nena—. Él se sumerge bajo el mar y sale a tres pies de distancia de mí, luego, en una ágil, fluida voltereta, nada lejos de la orilla, lejos de mí.
Gah! ¡Fifty juguetón y seductor! Protejo mis ojos del sol mientras lo veo irse. Él es tan burlón... ¿Qué puedo hacer para recuperarlo? Mientras nado de regreso a la orilla, contemplo mis opciones.
En las hamacas, nuestras bebidas han llegado así que me tomo un sorbo de la Coca-Cola. Christian es un punto débil en la distancia.
Hmm... Me acuesto boca abajo y, buscando a tientas las correas, halo mi bikini y lo saco dejándolo casualmente en la tumbona desocupada de Christian. Allí... ve cuan abrazadora puedo ser, Sr. Grey.. Pon esto en
tu pipa y fuma. Cierro los ojos y dejo que el sol caliente mi piel... caliente mis huesos, y yo me alejo en su calor, pasando mis pensamientos al día de la boda.
—Puede besar a la novia—, anuncia el reverendo Walsh.
Miro a mi marido.
—Finalmente, eres mía— susurra y tira de mí en sus brazos y me besa castamente en los labios.
Estoy casada. Soy la Señora de Christian Grey. Tengo vértigo de alegría.
—Te ves hermosa, Ana—, murmura, y sonríe, sus ojos brillaban con amor... y algo más oscuro, algo caliente. —No dejes que nadie que no sea yo te quite ese vestido, ¿entiendes?— Su sonrisa se calienta un centenar de grados, mientras las yemas de sus dedos se arrastran por mi mejilla, encendiendo mi sangre.
Santa mierda... ¿Cómo hace esto, incluso ahora con todas estas personas mirando?
Asiento con la cabeza en silencio. Por Dios, espero que nadie pueda oírnos.
Por suerte, el reverendo Walsh ha dado un paso discretamente hacia atrás. Echo un vistazo a la multitud reunida en la capilla de bodas... Mi mamá, Ray, Bob, y Los Gray están aplaudiendo - incluso, Kate, mi dama de honor, que se ve impresionante en ese color rosa pálido al lado del padrino de Christian, su hermano Elliot. ¿Quién diría que Hasta Elliot podría verse tan bien? Todos llevan enormes, radiantes sonrisas, excepto
Grace, que lloraba con gracia en un delicado pañuelo blanco.
—¿Lista para la fiesta, Señora Grey?— Murmura Christian, dándome su sonrisa tímida. Me derrito. Él luce divino en un esmoquin negro sencillo con chaleco plateado y corbata. Es tan...apuesto.
—Tan lista como puedo estar—. Sonrío, una sonrisa totalmente tonta en mi cara.
Más tarde, la fiesta de la boda está en pleno apogeo...
Carrick y Grace han ido a la ciudad. Tienen la carpa instalada de nuevo y muy bien decorada en color rosa pálido, plata y marfil, con sus lados abiertos, de frente a la bahía. Hemos sido bendecidos con un buen clima y el sol de final de la tarde brilla sobre el agua. Hay una pista de baile en un extremo de la carpa, un abundante buffet en el otro.
Ray y mi madre están bailando y riendo juntos. Me siento agridulce al verlos juntos, Espero que Christian y yo duremos más tiempo. No sé qué haría si él me deja. Matrimonio precipitado, arrepentimiento libre. La vista me hiere.
Kate está a mi lado, luciendo tan bella en su vestido de seda largo. Ella me mira y frunce el ceño.
—Oye, este se supone que es el día más feliz de tu vida—, regaña.
—Lo es—, le susurro.
—Oh, Ana, ¿qué pasa? ¿Estás viendo a tu madre y Ray?
Asiento con la cabeza tristemente.
—Ellos están felices.
—Felizmente separados.
—¿Estás teniendo dudas?— me pregunta Kate, alarmada.
—No, en absoluto. Es sólo... Lo amo demasiado— me congelo, incapaz de articular mis temores.
—Ana, es obvio que te adora. Sé que tuvieron un inicio poco convencional para su relación, pero puedo ver lo feliz que ambos han sido este último mes—. Sujeta mis manos, apretándolas. —Además, es demasiado tarde—, añade con una sonrisa.
Sonrío. La confianza de Kate señala lo obvio. Ella me hala en un abrazo especial de Katherine Kavanagh. —Ana, Estarás bien. Y si te lastima un
sólo cabello de tu cabeza, tendrá que responder ante mí.
Liberándome, ella le sonríe a quien sea que está detrás de mí
—Hola, cariño—. Christian pone sus brazos a mi alrededor, sorprendiéndome y besándome en la sien. —Kate—, reconoce. Todavía está frío con ella, incluso después de seis semanas.
—Hola de nuevo, Christian. Me voy a buscar a tu padrino, quien también pasa a ser mi mejor hombre.
Con una sonrisa para los dos, se dirige a Elliot, quien está bebiendo con su hermano Ethan y nuestro amigo José.
—Es hora de irnos—, murmura Christian.
—¿Ya? Esta es la primera fiesta en la que he estado en la que no me importa ser el centro de la atención.
Me giro en sus brazos para mirarlo de frente.
—Mereces estar aquí. Luces despampanante, Anastasia.
—Tu también
Él sonríe, su expresión cálida. —Este hermoso vestido te pertenece.
—¿Esta cosa vieja?— Me ruborizo con timidez y halo el fino tirante de encaje del sencillo vestido de boda diseñado para mí por la madre de Kate. Me encanta que el encaje esté justo al lado del hombro-recatado, pero atractivo, Espero.
Se inclina y me besa. —Vámonos. No quiero compartirte con todas estas personas por más tiempo.
—¿Podemos dejar nuestra propia boda?
—Nena, es nuestra fiesta y podemos hacer lo que queramos. Tenemos que cortar la tarta. Y ahora mismo, me gustaría llevarte lejos y tenerte toda para mí.
Me río. —Me tiene para toda la vida, Sr. Gray.
—Estoy muy contento de escuchar eso, Sra. Grey.
—¡Oh, allí están los dos! Estos tortolitos.
Gimo dentro de mi… la madre de Grace nos ha encontrado.
—Christian, querido ¿un baile más con tu abuela
Christian frunce sus labios. — Por supuesto, abuela.
—Y tú, bella Anastasia, ve y haz feliz a un viejo –baila con Theo.
—¿Theo, El Sr. Trevelyan?
—El abuelo Trevelyan. Y creo que me puedes llamar a mí abuela. Ahora, ustedes dos seriamente necesitan comenzar a trabajar en mis bisnietos,. No voy a durar mucho más tiempo—. Nos da una sonrisa boba.
Christian parpadea ante ella horrorizado. —Ven, abuela—, dice apresurándose a tomarle la mano y llevándola a la pista de baile. Me mira de nuevo, prácticamente haciendo pucheros, y rueda sus ojos. —Nos vemos, nena.

Mientras camino hacia el abuelo Trevelyan, José me aborda.
—No voy a invitarte a bailar otra vez. Creo que he monopolizado mucho de tu tiempo en la vista de baile… estoy feliz de verte feliz, pero en serio, Ana. Estaré allí si me necesitas
—Gracias José. Eres un buen amigo.
—Lo digo en serio—.Sus ojos oscuros brillan con sinceridad.
—Yo sé que si. Gracias, José. Ahora, si me permites, -tengo una cita con un viejo
Él frunce el ceño confuso.
—El abuelo de Christian—, aclaro.
Sonríe. —Buena suerte con eso, Annie. Bueno suerte con todo.
—Gracias, José.
Después de mi baile con el siempre encantador abuelo de Christian, me detengo frente a las puertas francesas, viendo el sol hundirse lentamente en Seattle, lanzando sombras anaranjado brillante y aguamarina sobre la bahía.
—Vamos—, urge Christian.
—Me tengo que cambiar—. Agarro su mano, halándolo a través de loas puertas francesas hacia arriba conmigo. Frunce el ceño, sin comprender y hala suavemente mi mano, deteniéndome
—Pensé que querías ser el que me quitara este vestido—, explico. Sus ojos se iluminan.
—Correcto—. Me da una sonrisa lasciva. —Pero no te voy a desnudar aquí. No nos podemos ira hasta... No sé... — agita su mano de dedos largos dejando la frase sin terminar, pero su significado muy claro.
Me sonrjo y suelto su mano.
—Y tampoco te quites el peinado— murmura sombríamente.
—Pero-
—Sin peros, Anastasia. Te ves hermosa. Y quiero ser yo el que te desnude.
Oh. Frunzo el ceño.
—Empaca tu ropa de viaje—ordena. —Vas a necesitarla. Taylor tiene tu maleta principal
—Está bien—. ¿Qué tiene planeado? No me ha dicho a dónde vamos. De hecho, no creo que nadie sepa a dónde vamos. Ni Mia ni Kate han logrado sacarle información. Me volteo hacia donde mi madre y Kate están rondando.
—No me voy a cambiar.
—¿Qué?— Dice mi madre.
—Christian no quiere que lo haga—Me encojo de hombros, como si
eso lo explicara todo. Su entrecejo se frunce brevemente.
—No prometiste obedecer—, me recuerda con mucho tacto. Kate trata de disimular su bufido con una pequeña tos. Entrecierro mis ojos. Ni ella ni mi madre tienen idea de la pelea que tuvimos Christian y yo en relación a eso. No quiero volver a argumentar. Por Dios, mi Cincuenta Sombras puede malhumorarse… y tener pesadillas. La memoria es aleccionadora.
—Lo sé, mamá, pero le gusta este vestido y quiero agradarlo.
Su expresión se suaviza. Kate pone los ojos y con mucho tacto, se aleja para dejarnos solas.
—Te ves tan hermosa, querida—. Carla suavemente hala de un mechón de mi pelo suelto y me acaricia la barbilla. —Estoy muy orgullosa de ti, cariño. Vas a hacer Christian muy feliz—. Me hala en un abrazo.
¡Oh, mamá!
—No puedo creer cuan madura luces ahora mismo. Comenzando una nueva vida… Sólo recuerda que los hombres son de otro planeta y estarás bien.
Me río. Christian de un universo diferente, si sólo supiera.
—Gracias, mamá.
Ray se une a nosotros, sonriéndonos dulcemente tanto a mamá como a mí.
—Hiciste una hermosa niña, Carla—, dice con los ojos brillando de orgullo. Se ve tan pulcro en su smoking negro con chaleco rosa pálido… Las lágrimas pican en la parte de atrás de mis ojos. ¡Oh, no... hasta ahora
me las he arreglado para no llorar.
—Tu ayudaste a criarla y hacerla crecer, Ray—, la voz de Carla es melancólica.
—Y amé cada minuto. Haces un infierno de novia, Annie—. Ray mete el mismo mechón de pelo detrás de mi oreja.
—¡Oh, papá...— Reprimo un sollozo, él me abraza a su manera breve y torpe.
—También vas a hacer un infierno de esposa—, susurra con voz ronca.
Cuando me libera, Christian está de nuevo a mi lado.
Ray le da la mano con afecto. —Cuida de mi niña, Christian.
—Tengo toda la intención, Ray. Carla—. Asiente con la cabeza a mi
padrastro y besa a mi mamá.
El resto de los invitados a la boda han formado un arco humano para que nosotros lo atravesemos, llevándonos alrededor del frente de la casa.
—¿Lista?— dice Christian.
—Sí.
Tomando mi mano, me lleva bajo sus brazos extendidos mientras nuestros invitados nos desean buena suerte y nos felicitan, lanzándonos arroz.
Esperándonos con sonrisas y abrazos al final del arco están Grace y Carrick. Toman turnos para abrazarnos y besarnos a ambdos. Grace está emotiva de nuevo, ofreciéndonos una apresurada despedida.
Taylor está esperando para llevarnos lejos en el SUV Audi, mientras Christian sostiene la puerta abierta del coche para mí. Me doy vuelta y lanzo mi bouquet de rosas blancas y rosadas hacia la multitud de mijeres jóvenes reunidas. Una Triunfante Mía lo sostiene en lo alto, con una sonrisa de oreja a oreja.
Mientras me deslizo en el SUV riéndome de la audaz atrapada de Mia, Christian se inclina para recoger la cola de mi vestido. Una vez que estoy segura dentro, se despidede la multitud esperando.
Taylor sostiene la puerta del coche abierta para él. —Felicitaciones,
señor.
—Gracias, Taylor—, le responde Christian mientras se sienta junto a mí.
Cuando Taylor se retira, nuestros invitados a la boda bañan el auto con arroz. Christian agarra mi mano y me besa los nudillos.
—¿Todo bien hasta ahora, Sra. Grey?
—Hasta el momento todo maravilloso, Sr. Grey. ¿Hacia dónde vamos?
—Sea-Tac—, dice simplemente y sonríe como una esfinge.
Hmm... ¿Qué está planeando?
Taylor no se dirige a la puerta de salidas como espero, sino hacia a través de una puerta de seguridad y directamente hacia la pista de aterrizaje. ¿Qué? Y luego la veo –La aeronave de Christian... Grey Enterprises Holdings Inc. en grandes letras azules a través del fuselaje.
—¡No me digas que de nuevo estás malversando los recursos de la empresa!
—Oh, eso espero, Anastasia—. Christian sonríe.
Taylor se detiene al pie de la escalinata que conducía al avión y sale del Audi para abrir la puerta de Christian. Tienen una breve conversación y luego Christian me abre la puerta -y en lugar de dar un paso hacia atrás para darme espacio para salir, se inclina y me alza.
¡Whoa! —¿Qué estás haciendo?— rechino.
—Cargándote para cruzar el umbral—, dice.
—Oh—. ¿No se supone que eso se hace en la su casa?
Él me lleva sin esfuerzo por las escaleras, y Taylor nos sigue con mi pequeña maleta. La deja en el umbral del avión antes de regresar al Audi. Dentro de la cabina, reconozco a Stephan, el piloto de Christian, con su uniforme.
—Bienvenidos a bordo, señor, Sra. Grey— Dice sonriendo.
Christian me baja y estrecha la mano de Stephan. Junto a él se encuentra una mujer de cabello oscuro como de ¿qué? ¿unos treinta años? Ella también está en uniforme.
—Felicitaciones a ambos—, continua Stephan.
—Gracias, Stephan. Anastasia, ya conoces a Stephan. Él es nuestro capitán de hoy y esta es la primera Oficial Beighley.
Ella se sonroja cuando Christian la presenta y parpadea rápidamente. Quiero rodar los ojos. Otra mujer completamente cautivada por mi esposo demasiado-guapo-para-su-propio-bien.
—Encantada de conocerla—, dice Beighley. Le sonrío amablemente. Después de todo, él es mío.
—¿completos todos los preparativos?— pregunta Christian mientras yo le echo un vistazo alrededor de la cabina. El interior es todo de madera de arce pálida y cuero color crema. Es precioso. Otra mujer joven en uniforme se sitúa en el otro extremo de la cabina- una muy guapa morena.
—Tenemos todo listo. El tiempo está bien de aquí a Boston.
¿Boston?
—¿Turbulencias?
—No antes de Boston. Hay un frente climático sobre Shannon que podría hacernos el camino difícil.
¿Shannon? ¿Irlanda?
—Ya veo. Bueno, espero dormir durante todo eso—, dice Christian con la mayor naturalidad.
¿Dormir?
—Nos ponemos en marcha, señor—, dice Stephan.
—Los dejaremos bajo el cuidado capaz de Natalia, su auxiliar de vuelo— Christian mira en dirección a ella y frunce el ceño, pero se voltea hacia Sthepan con una sonrisa
—Excelente—, dice. Tomando mi mano, me lleva a uno de los suntuosos asientos de cuero. Debe haber por lo menos unos doce de ellos en total.
—Siéntate—, dice mientras se quita la chaqueta y desabotona su fino chaleco de brocado. Nos sentamos en dos asientos individuales situados uno frente a otro, con una mesa muy pequeña y pulida en medio.
—Bienvenidos a bordo, señor, señora y felicitaciones.
Natalia está a nuestro lado, ofreciéndonos a ambos una copa de champagne rosado.
—Gracias—, dice Christian mientras ella nos sonríe cortésmente y se retira a la cocina.
—De aquí a una feliz vida casados, Anastasia.
Christian levanta su copa hacia la mía, y brindamos. El champán es delicioso.
—¿Bollinger?—, Pregunto.
—El mismo.
—La primera vez que bebí esto estaba fuera de tazas de té—. Sonrío.
—Recuerdo bien ese día. Tu graduación.
—¿A dónde vamos?— Soy incapaz de contener mi curiosidad.
—Shannon—, dice Christian, los ojos encendidos de emoción. Se ve como un niño pequeño.
—¿En Irlanda?— ¡Vamos a Irlanda!
—Para abastecernos de combustible—, añade, bromeando.
—¿Entonces?— pregunto.
Su sonrisa se amplía y se sacude la cabeza.
—¡Christian!
—Londres—, dice, mirándome fijamente, tratando de medir mi reacción.
Jadeo. ¡Santo cielo! Pensé que tal vez iríamos a New York, o Aspen, o quizás al Caribe.
Casi no puedo creerlo. El sueño de mi vida ha sido visitar Inglaterra. Estoy iluminado por dentro, incandescente de la felicidad.
—Después París.
¿Qué?
—Después el sur de Francia.
¡Vaya!
—Yo sé que siempre has soñado con ir a Europa—, dice en voz baja. —Quiero que tus sueños se hagan realidad, Anastasia.
—Tú eres mi sueño hecho realidad, Christian.
—Igual usted, Sra. Grey, susurra.
Oh Dios...
—El cinturón de seguridad.
Sonrío y hago lo que me dicen.
Mientras el avión sale a la pista, tomamos nuestro champán, sonriéndonos estúpidamente el uno al otro. No lo puedo creer. A los veintidós años, por fin estoy saliendo de los Estados Unidos y yendo a
Europa -a Londres de todos los lugares.
Una vez que estamos en el aire, Natalia nos sirve más champán y prepara nuestra cena de bodas.
Y que cena -salmón ahumado, seguido de perdiz asada con ensalada de judías verdes y patatas dauphinoise, todo cocinado y servido por una Natalia cada vez más eficiente.
—¿Postre, Sr. Grey?—, Pregunta.
Sacude la cabeza y pasa su dedo por su labio inferior mientras me mira inquisitivamente, su expresión oscura e ilegible.
—No, gracias—, murmuro, incapaz de romper el contacto visual con él. Sus labios se acurrucan en una pequeña sonrisa secreta y Natalia se retira.
—Bueno—, murmura. —Había planeado tenerte a ti como postre
Oh... ¿aquí?
—Ven—, dice, levantándose de la mesa y ofreciéndome su mano. Me lleva a la parte posterior de la cabina.
—Hay un baño aquí—. Señala una puerta pequeña, luego me lleva por un corto pasillo y por una puerta al final.
Por Dios... un dormitorio. La cabina es de color crema y de madera de arce y la pequeña cama doble está cubierta con cojines dorados y marrones. Se ve muy cómoda.
Christian se voltea y me hala en sus brazos, mirándome.
—Pensé en pasar nuestra noche de bodas a treinta y cinco mil pies. Es algo que nunca antes he hecho.
¡Santo cielo!... otra primera vez. Jadeo ante él, mi corazón palpita… el club de las alturas. He escuchado al respecto.
—Pero primero tengo que sacarte de ese fabuloso vestido—. Sus ojos brillan con amor y algo más oscuro, algo que me encanta... algo que llama
a mi diosa interior. Él me quita el aliento.
—Date la vuelta—. Su voz es baja, con autoridad y sexy como el infierno. ¿Cómo puede infundir tantas promesas en esas dos palabras?. Cumplo gustosamente y sus manos se mueven hacia mi cabello. Suavemente saca las horquillas una a la vez, sus dedos expertos haciendo el trabajo. Mi cabello cae en ondas amplias sobre mis hombros, un mechón a la vez, cubriendo la espalda y hasta mis pechos.
Trato de estar quieta y no retorcerme, pero estoy adolorida por su tacto. Después de nuestro largo y agotador pero emocionante día, lo quiero – todo él.
—Tienes un cabello tan hermoso, Ana—. Su boca se encuentra cerca de mi oído y siento su aliento, aunque sus labios no me tocan. Cuando todo el cabello está libre de alfileres, pasa sus dedos a través de él, con suavidad masajeando mi cuero cabelludo... oh Dios... Cierro mis ojos y saboreo la sensación. Sus dedos viajan hacia abajo y me hala, inclinando mi cabeza hacia atrás para exponer mi garganta.
—Eres mía—, respira y sus dientes rozan el lóbulo de mi oreja.
Gimo.
—Silencio—, me advierte. Barre el pelo sobre mi hombro y arrastra un dedo sobre la parte superior de mi espalda, de hombro a hombro, siguiendo el borde de encaje de mi vestido. Me estremezco con anticipación.
Siembra un tierno beso en mi espalda por encima del primer botón del vestido.
—Tan hermosa—, dice mientras se deshace con destreza del primer botón. —Hoy me has hecho el hombre más feliz en la vida—. Con infinita lentitud, desabrocha cada uno de ellos, todo el camino por mi espalda. —Te amo demasiado—. Riega besos desde mi nuca hasta el borde de mi hombro. Entre cada beso, murmura: —Yo. Te. Amo. Demasiado. Quiero. Estar. Dentro. De. Ti. Eres. Mía
Cada palabra es intoxicante. Cierro los ojos e inclino la cabeza, dándole un acceso más fácil a mi cuello y me caigo más dentro del hechizo de que Christian Grey, mi marido.
—Mía— susurra una vez más. Desliza mi vestido fuera de mis brazos cayendo en un pozo a mis pies que luce como una nube de seda de color marfil y encaje.
—Date la vuelta—, susurra, su voz de repente ronca. Lo hago y él jadea.
Estoy vestida con un corsé apretado, color sosa satinado con ligueros, a juego con unas pantys de de encaje y medias de seda blanca. Los ojos de Christian viajan con avidez por mi cuerpo, pero no dice nada. Sólo me mira, sus ojos con deseo.
—¿Te gusta?— Susurro consciente del rubor tímido que inunda mis mejillas.
—Más que eso, nena. Te ves sensacional. Aquí—. Extiende su mano y la tomo, dando un paso fuera del vestido.
—No te muevas—, murmura, y sin despegar sus ojos oscurecidos de mi, recorre con su dedo medio mis pechos, siguiendo la línea del corsé. Mi aliento se vuelve superficial, y él repite la rutina sobre mi pecho una vez más, sus dedos tentadores envían un hormigueo por mi espalda. Él se detiene y hace girar su dedo índice en el aire, indicándome que quiere que de la vuelta
Por él, ahora mismo, haría cualquier cosa.
—Detente—, dice. Estoy frente a la cama, lejos de él. Su brazo rodea mi cintura, tirando de mí contra él y acaricia mi cuello. Suavemente acuna mis senos, jugando con ellos, mientras que sus pulgares hacen círculos sobre mis pezones presionando la tela de mi corsé.
—Mía—, susurra.
—Tuya— respiro.
Dejando mis pechos desprovistos, desliza sus manos por mi estómago, por encima de mi vientre y hacia mis muslos, rozando mi sexo con su pulgar. Sofoco un gemido. Sus dedos patinan por cada liga y, con su destreza habitual, desengancha simultáneamente cada una de mis medias. Sus manos viajan alrededor de mi trasero.
—Mía— respira, como sus manos extendidas por mi espalda, las puntas de sus dedos rozando mi sexo.
—Ah.
—Silencio— Sus manos viajan por la parte de atrás de mis muslos, y una vez más, desengancha el liguero.
Inclinándose, retira el cobertor de la cama. —Siéntate.
Hago lo que me dice, y se arrodilla a mis pies removiendo suavemente cada uno de mis Jimmy Choo blancos de novia. Toma la parte superior de la media la izquierda y poco a poco la retira, recorriendo mi pierna con su pulgar… Oh Dios. Repite el proceso con mi otra media.
—Esto es como destapar mis regalos de Navidad—. Me sonríe a través de sus largas y oscuras pestañas.
—Un regalo que ya tenías...
Frunce el ceño en señal de amonestación. —Oh, no, bebé. Esta vez es realmente mío.
—Christian, he sido tuya desde que dije que sí—. Me deslizo hacia adelante, acunando su adorado rostro con mis manos. —Soy tuya. Siempre voy a ser tuya, esposo mío. Ahora, creo que llevas demasiada ropa—. Me inclino para darle un beso y de repente se levanta, besa mis labios y agarra mi cabeza con sus manos, enredando sus dedos en mi pelo.
—Ana— respira. —Mi Ana—. Sus labios dicen mía una vez más, su lengua invasivamente persuasiva.
—La ropa—, le susurro, nuestros alientos se mezclan mientras empujo su chaleco y él se las arregla para sacárselo, liberándome por un momento. Hace una pausa, mirándome, sus ojos amplios, deseando.
—Déjame, por favor—. Mi voz es suave y halagadora.
Quiero desnudar a mi marido, mi Cincuenta.
Él se sienta sobre sus talones y se inclina hacia adelante. Agarro su corbata –su corbata gris plata, mi favorita- y poco a poco la desato y la saco. Levanta su quijada permitiéndome desabrochar el botón superior de su camisa blanca y después que lo desato, me muevo hacia los puños de su camisa. Lleva gemelos de platino –grabados con una A y una C entrelazadas –mi regalo de bodas para él. Cuando se los quito, los toma de mis manos y los ubica en su puño. Luego besa su piño y los desliza en el bolsillo de sus pantalones.
—Sr. Grey, que romántico.
—Para usted, Sra. Grey –corazones y flores, siempre.
Tomo su mano y mirando hacia arriba a través de mis pestañas, beso su anillo de bodas de platino liso. Él gime y cierra los ojos.
—Ana—, susurra y mi nombre es una oración.
Llegando hasta el segundo botón de su camisa, y como en reflejo de lo anterior, le planto un beso suave en el pecho, desabrochando cada botón y susurrando entre cada beso, —Tu. Me. Haces. Muy. Feliz. Te. Amo.
El gime, y en un suave movimiento, me eleva toma por las muñecas y me eleva en la cama, siguiéndome sobre ella. Sus labios me encuentran, sus manos se enroscan alrededor de mi cabeza, abrazándome, sosteniéndome mientras nuestras lenguas llenan de gloria al otro.
De repente Christian se arrodilla, dejándome sin aliento y con ganas de más.
—Eres tan hermosa... esposa—. Desliza sus manos por mis piernas agarrando mi pie izquierdo. —Tienes unas piernas tan bonitas. Quiero besar cada pulgada de ellas. Empezando aquí— Aprieta los labios sobre mi dedo gordo del pie y, sus dientes rozan la almohadilla. Todo lo que está al sur de mi cintura convulsiona. Su lengua se desliza por el empeine y sus dientes cosquillean en mis talones y hasta el tobillo. Deposita besos por mi pantorrilla; suaves besos húmedos. Me retuerzo debajo de él.
—Quieta, Sra. Grey—, advierte, y de repente me voltea sobre mi estómago y continúa el lento viaje de su boca hasta el fondo de mis
piernas, hasta mis muslos, el trasero y luego se detiene.
Gimo.
—Por favor...
—Te quiero desnuda—, murmura y poco a poco desabrocha el corsé, un gancho a la vez. Cuando está sobre la cama mas allá de mi, pasa la lengua a lo largo de toda mi columna vertebral.
—Christian, por favor.
—¿Qué quiere, Sra. Grey—. Sus palabras son suaves y muy cerca de mi oído. Está casi tendido en encima de mí... Puedo sentirlo mas allá de mi.
—A ti
—Y yo a ti, mi amor, mi vida...— Susurra y antes de darme cuenta, me ha movido de un tirón sobre mi espalda. Se pone de pie con rapidez y en un eficiente movimiento, se deshace de sus pantalones y sus bóxer, quedando gloriosamente desnudo avecinándose preparado sobre mí. La pequeña cabina es eclipsada por su deslumbrante belleza, su deseo y su necesidad de mí. Se inclina y despega mis bragas mirándome.
—Mía— modula
—Por favor—, le ruego y él sonríe... una salaz, mala, tentadora, sonrisa Cincuenta.
Se mete de nuevo en la cama y arrastra besos por mi pierna derecha esta vez... hasta llegar al ápice de mis muslos. Empuja las piernas separándolas mas
—Ah... esposa mía—, murmura y a continuación su boca está sobre mí. Cierro los ojos y me entrego a su oh-tan-hábil lengua. Mi mano se empuña en su cabello mientras mis caderas se mesen en un vaivén, esclavas de su ritmo, fuera de la pequeña cama. Él toma mis caderas para paralizarme… pero no detiene la deliciosa tortura. Estoy cerca, tan cerca.
—Christian—. Gimo
—Todavía no—, jadea y mueve mi cuerpo, su lengua sumergiéndose en mi ombligo.
—¡No!— ¡Maldita sea! Siento su sonrisa contra mi vientre, mientras continúa su viaje hacia el norte.
—Que impaciente, Sra. Grey. Tenemos hasta que aterricemos en la Isla Esmeralda—. Reverentemente besa mis pechos y pellizca mi pezón izquierdo con los labios. Mirándome, sus ojos son oscuros, como una tormenta tropical mientras se burla de mí.
Oh... Me había olvidado. Europa.
—Esposo. Te deseo. Por favor.
Se asoma por encima de mí, su cuerpo cubriendo el mío, apoyando su peso sobre los codos. Dirige su nariz hasta la mía y yo paso mis manos por su espalda fuerte y flexible hasta su buen, buen trasero.
—Sra. Grey... esposa. Estamos aquí para satisfacerla—. Sus labios me cepillan. —Te amo.
—Yo también te amo.
—Ojos abiertos. Quiero verte.
—Cristian... ah... — lloro, mientras que poco a poco se hunde en mí.
—Ana, oh Ana—, jadea y comienza a moverse.
—¿Qué diablos crees que estás haciendo?
Christian grita, despertándome de mi muy agradable sueño. Está de pie todo mojado y hermoso al final mi tumbona y mirándome hacia abajo.
¿Qué he hecho? ¡Oh, no... Estoy acostada sobre mi espalda... Mierda, mierda, mierda y él está molesto. Mierda.
Él es realmente molesto.

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