23 de junio de 2012

Capitulo 1 de Warm Biodies (Isaac Marion)

Estoy muerto, pero no es tan malo. He aprendido a vivir con ello. Disculpad que no pueda presentarme apropiadamente, pero ya no tengo un nombre. Casi ninguno de nosotros lo tiene.
Los perdimos como perdemos las llaves del auto, los olvidamos como olvidamos los aniversarios. El mío quizás empezaba con “R”, pero eso es todo lo que tengo ahora. Es gracioso porque cuando estaba vivo, siempre olvidaba los nombres de las otras personas. Mi amigo “M” dice que la ironía de ser zombi es que todo es gracioso, pero no puedes sonreír, porque tus labios se han podrido.
Ninguno de nosotros es particularmente atractivo, pero la muerte ha sido más amable conmigo de alguna manera. Todavía estoy en las etapas más tempranas de la descomposición. Sólo la piel gris, el olor desagradable, los círculos oscuros bajo mis ojos. Casi podría pasar por un hombre vivo que necesita vacaciones. Antes de convertirme en zombi debí ser un hombre de negocios, un banquero o un corredor de bolsa o un pasante aprendiendo el oficio, porque llevo ropa bastante elegante. Pantalones negros, camisa gris, corbata roja. M se burla a veces. Señala mi corbata y trata de reírse, algo ahogado, borboteando sordamente en lo profundo de sus entrañas. Sus ropas son unos jeans agujereados y una remera blanca lisa. La remera se ve bastante macabra a estas alturas. Debería haber escogido un color más oscuro. Nos gusta bromear y especular sobre nuestra ropa, ya que estas últimas decisiones de moda son el único indicio de quienes fuimos antes de convertirnos en nadie.



Algunas son menos obvias que las mías: pantalones cortos y una remera, falda y una blusa. Así que hacemos suposiciones al azar. Tú eras una mesera. Tú eras un estudiante. ¿Nos recuerda a algo?
Nunca.
Nadie que yo conozca tiene algún recuerdo específico. Sólo un vago, brumoso conocimiento de un mundo hace tiempo perdido. Débiles impresiones de vidas pasadas que perduran como miembros fantasmas. Reconocemos la civilización —edificaciones, autos, una vista general— pero no tenemos ningún rol personal allí. Ninguna historia. Sólo estamos aquí. Hacemos lo que hacemos, el tiempo pasa, y nadie hace preguntas. Pero como dije, no es tan malo. Tal vez parezcamos descerebrados, pero no lo somos. Los oxidados engranajes de coherencia aún giran, sólo que cada vez más lento hasta que el movimiento externo es apenas visible. Gruñimos y gemimos, nos encogemos de hombros y asentimos, y algunas veces unas pocas palabras se escapan. No es tan diferente de antes.
Pero sí me entristece el que hayamos olvidado nuestros nombres. Dentro de todo, esto me parece lo más trágico. Perdí el mío propio y lloro por el de los demás, porque me gustaría quererlos, pero no sé quiénes son.
Hay cientos de nosotros viviendo en un aeropuerto abandonado en las afueras de alguna gran ciudad. No necesitamos refugio o calidez, obviamente, pero nos gusta tener las paredes y techos sobre nuestras cabezas. De otra manera sólo estaríamos vagando sin rumbo en algún campo abierto lleno de polvo por algún lado, y eso sería extrañamente horroroso. No tener nada a nuestro alrededor, nada que tocar o mirar, sin ningún límite de nada, y las enormes fauces del cielo. Me imagino que eso es lo que se siente cuando estás totalmente muerto. Un vacío vasto y absoluto.
Creo que hemos estado aquí por mucho tiempo. Todavía tengo toda mi carne, pero hay mayores que son un poco más que esqueletos con trozos pegajosos de músculos, secos como cecina. De alguna manera siguen contrayéndose y estirándose, y ellos siguen moviéndose. Nunca he visto a alguno de nosotros ‘morir´ de viejos. Tal vez vivamos para siempre, no lo sé. El futuro es tan borroso para mí como el pasado. Parece que no puede obligarme a preocuparme por algo a la derecha o a la izquierda del presente, y el presente no es exactamente urgente. Podrías decir que la muerte me ha relajado.
Estoy paseando en las escaleras automáticas cuando M me encuentra. Paseo en las escaleras varias veces al día, cuando sea que se mueven. Se ha convertido en un ritual. El aeropuerto está abandonado, pero la energía todavía llega algunas veces, tal vez fluyendo de algún generador de emergencia enterrado muy profundo en el suelo. Las luces dan destellos y las pantallas parpadean, las máquinas saltan a la vida. Atesoro estos momentos. La sensación de las cosas volviendo a la vida. Me paro en los escalones y asciendo como un alma al Cielo, ese endulzado sueño de nuestra infancia, ahora es un chiste de mal gusto.
Después de unas treinta repeticiones, me estiro para ver a M esperándome arriba. Él es cien libras de músculo y grasa contenido en un marco de un metro noventa. Con barba, calvo, amoratado y podrido, su grisácea cara va apareciendo de a poco en mi vista a medida que subo por la cima de las escaleras. ¿Es él el ángel que me recibe en las puertas? Su desigual boca está chorreando baba negra.
Señala en una dirección vaga y gruñe; ‘Ciudad’.
Asiento y lo sigo.
Vamos afuera a encontrar comida. Una partida de caza se forma a nuestro alrededor mientras nos arrastramos hacia el pueblo. No es difícil encontrar reclutas para estas expediciones, incluso si nadie tiene hambre. La concentración es un evento poco frecuente aquí, y todos la seguimos cuando se manifiesta. De otra manera todos sólo estaríamos parados por ahí y gruñendo todo el día. Hacemos mucho eso de estar parados y gruñendo. Los años pasan así. La carne cuelga de nuestros huesos y nosotros nos quedamos aquí, esperando que se caiga. A menudo me pregunto cuántos años tengo.
La ciudad donde cazamos está convenientemente cerca. Llegamos alrededor del mediodía del día siguiente y empezamos a buscar carne. La nueva hambre es una sensación extraña. No la sentimos en nuestros estómagos —algunos de nosotros ni siquiera tiene uno de esos. La sentimos en todas partes por igual, una sensación de desazón, como si nuestras células se estuvieran desinflando. El invierno pasado, cuando tantos Vivientes se unieron a los Muertos y nuestra presa se volvió escasa, observé cómo algunos de mis amigos se volvieron totalmente muertos.
La transición no fue traumática. Ellos simplemente se volvieron más lentos, luego se detuvieron, y después de un tiempo me di cuenta de que eran cadáveres. Me inquieté al principio, pero va en contra de la etiqueta el notar cuando uno de nosotros muere. Me distraje a mi mismo con gruñir un poco. Creo que el mundo está acabado en su mayor parte, porque las ciudades por las que vagamos están tan echadas a perder como nosotros mismos. Los edificios han colapsado. Autos oxidados obstruyen las calles. Casi todos los vidrios están hechos polvo y el viento colado por los vacíos rascacielos gime como un animal dejado para morir. No sé lo que pasó. ¿Enfermedades? ¿Guerra? ¿Colapso social? ¿O sólo fuimos nosotros? ¿Los Muertos reemplazando a los Vivos? Supongo que no es tan importante. Una vez que has llegado al fin del mundo importa muy poco qué ruta tomaste.
Empezamos a oler a los Vivos a medida que nos acercamos a un edificio de departamentos dilapidado. El olor no es el perfume de almizcle de sudor y piel, sino la efervescencia de energía de vida, como el aroma penetrante de luminosidad y lavanda. No lo olemos en nuestras narices. Nos golpea profundo en nuestro interior, cerca de nuestros cerebros, como wasabi . Nos juntamos en el edificio y rompemos todo para entrar.
Los encontramos acurrucados en un pequeño estudio con las ventanas cerradas. Están peor vestidos que nosotros, envueltos en muy sucios harapos y trapos, todos ellos en una enorme necesidad de una afeitada. M estará cargando con una corta barba rubia por el resto de su Carnosa existencia, pero todos los demás en nuestro grupo están impecablemente afeitados. Es uno de los beneficios de ser Muerto, otra cosa de la que no tenemos que preocuparnos nunca más. Barbas, cabello, uñas del pie… nada más de luchar contra la biología. Nuestros cuerpos salvajes han sido finalmente domesticados.
Lentos y torpes pero en decidido compromiso, nos lanzamos hacia los Vivos. Explosiones de escopetas llenan el polvoriento aire con pólvora y sangre espesa. Sangre negra salpica las paredes. La pérdida de un brazo, una pierna, una parte del torso, esto es indiferente, descartado. Un problema menor de cosmética. Pero algunos de nosotros somos disparados en nuestros cerebros y caemos. Aparentemente aún hay algo de valor en esa marchita esponja gris, porque si la perdemos, somos cadáveres. Los zombis a mi izquierda y derecha dan contra el suelo con ruidos sordos. Pero hay muchos de nosotros. Somos abrumadores. Nos situamos sobre los Vivos y comemos.
El comer no es una tarea placentera. Mastico un brazo de un hombre y lo odio. Odio sus gritos, porque no me gusta el dolor, no me gusta lastimar gente, pero así es el mundo ahora. Esto es lo que hacemos. Por supuesto que si no lo como todo, si dejo su cerebro, se levantará y me seguirá de vuelta al aeropuerto, y eso quizás me haga sentir mejor. Lo presentaré a todos, y tal vez pasaremos el rato gruñendo por ahí por un tiempo. Es difícil decir lo que los ‘amigos’ son ahora, pero esto puede estar cerca. Si me contengo, si dejo suficiente…
Pero no lo hago. No puedo. Como siempre voy por la mejor parte, la parte que hace que mi cabeza se encienda como un tubo de luz. Me como el cerebro y por unos treinta segundos tengo recuerdos. Flashes de desfiles, perfume, música… vida. Luego se desvanece, y me levanto y todos nos vamos trastabillando de la ciudad, todavía fríos y grises, pero sintiéndonos un poco mejor. No ‘bien’ exactamente, no ‘felices’, definitivamente no ‘vivos’, sino… un poco menos muertos. Esto es lo mejor que podemos conseguir.
Camino despacio detrás del grupo mientras la ciudad desaparece a nuestras espaldas. Mis pasos suenan un poco más pesados que los de los otros. Cuando me detengo en un bache lleno de agua de lluvia para restregar la sangre espesa de mi cara y ropa, M se vuelve y me da una palmada en el hombro. Conoce mi aversión por algunas de nuestras rutinas. Él sabe que soy un poco más sensible que la mayoría. Algunas veces me molesta con eso, retuerce mi enredado cabello en dos colitas y dice, ‘Niña. Qué… niña’. Me palmea el hombro y sólo me mira. Su cara no es capaz de muchos matices expresivos ya, pero sé lo que quiere decir. Asiento y seguimos caminando.
No sé porque tenemos que matar a la gente. No sé qué es lo que consigue el masticar el cuello de un hombre. Robo lo que él tiene para reemplazar lo que yo no. Él desaparece, y yo permanezco. Es simple pero sin sentido, leyes arbitrarias de algún legislador lunático en el cielo. Pero seguir esas leyes me mantiene de pie, así que las sigo al pie de la letra. Como hasta que dejo de comer, luego como de nuevo. ¿Cómo empezó esto? ¿Cómo nos convertimos es lo que somos? ¿Hubo un virus misterioso? ¿Rayos gamma? ¿Una maldición antigua? ¿O algo incluso más ridículo? Nadie habla mucho de ello. Estamos aquí, y así son las cosas. No nos quejamos. No hacemos preguntas. Sólo hacemos lo nuestro. Hay un abismo entre el mundo y yo. Una separación tan ancha que mis sentimientos no pueden cruzarla. Para cuando mis gritos llegan al otro lado, se han reducido a gemidos.
En las puertas de Desembarco, somos recibidos por una pequeña multitud, que nos mira con ojos hambrientos o con las cuencas de los ojos. Dejamos caer nuestra carga en el piso: dos casi intactos hombres, unas pocas carnosas piernas y un torso desmembrado, todo todavía tibio. Llámenlo sobras. Llámenlo comida para llevar. Nuestros compañeros Muertos caen sobre ellos y se alimentan allí mismo como animales. La vida que queda en esas células les evitará convertirse en totalmente muertos, pero los Muertos que no cazan nunca estarán completamente satisfechos. Como los hombres en el mar, desprovistos de fruta fresca, se marchitarán en sus deficiencias, débiles y perpetuamente vacíos, porque el nuevo hambre es un monstruo solitario. De mala gana acepta la carne marrón y la tibia sangre, lo que anhela es la cercanía, esa triste sensación de conexión que se cruza entre sus ojos y los nuestros es esos momentos finales, como una negativa oscura de amor.
Saludo a M y luego me libro de la multitud. Hace mucho que me he aclimatado a la fetidez penetrante de los Muertos, pero el hedor que se alza desde ellos hoy se siente especialmente fétido. El respirar es opcional, pero necesito un poco de aire. Deambulo hacia los pasillos y me subo a la banda transportadora. Me paro en el cinturón y miro el escenario girar a través de la pared de vidrio. No hay mucho para ver. Las pasarelas se están poniendo verdes, recubiertas de césped y musgo. Los aviones se alinean estáticos en concreto como ballenas estancadas, blancos y monumentales. Moby-Dick, conquistado al fin.
Antes, cuando estaba vivo, nunca podría haber hecho esto. Quedarme quieto, mirar al mundo pasar frente a mí, pensando acerca de casi nada. Me acuerdo de esfuerzo. Me acuerdo de objetivos y fechas límites, metas y ambiciones. Me acuerdo de ser decidido, siempre en todos lados todo el tiempo. Ahora estoy sólo aquí parado en la banda transportadora, listo para el paseo. Llego al final, doy la vuelta y vuelvo al otro lado. El mundo ha sido destilado. Estar muerto es fácil.
Después de unas horas de esto, noto a una mujer en la banda transportadora opuesta. Ella no se tambalea ni gruñe como la mayoría de nosotros; su cabeza sólo cuelga de lado a lado. Me gusta eso de ella, el que no se tambalee ni gruña. Doy con sus ojos y la miro fijamente a medida que nos acercamos. Por un breve momento estamos lado a lado. Nos subimos otra vez a las bandas. Nos pasamos de nuevo. Hago una mueca y ella me la devuelve. En nuestra tercera pasada, la electricidad del aeropuerto muere y nos detenemos perfectamente alineados. Resuello un hola y ella responde con un movimiento de su hombro.
Me gusta ella. Me estiro y toco su cabello. Como a mi, su descomposición está en sus primeras etapas. Su piel es pálida y sus ojos están hundidos, pero no tiene ningún hueso u órgano expuesto. Sus iris son de una sombra especial más clara de ese extraño gris peltre que todos los Muertos compartimos. Sus ropas de entierro son una falda negra y una ligera blusa blanca, sospecho que solía ser una recepcionista. Prendida a su pecho hay una plateada etiqueta identificadora.
Ella tiene un nombre.
Miro fijamente la placa, me inclino más cerca, poniendo mi cara a centímetros de su pecho, pero eso no ayuda. Las letras giran y dan vueltas en mi visión; no puedo retenerlas. Como siempre, me eluden, sólo una serie de líneas y puntos sin sentido.
Otra de las ironías de los no muertos de M – desde etiquetas hasta periódicos, las respuestas a nuestras preguntas están escritas a nuestro alrededor, y no sabemos cómo leer.
Señalo la placa y la miro a los ojos. ‘¿Tu… nombre?’
Me mira con los ojos en blanco.
Me señalo a mi mismo y pronuncio el fragmento que queda de mi propio nombre. ‘Rrr’. Entonces apunto a ella de nuevo. Sus ojos miran al piso. Sacude su cabeza. No se acuerda. Ni siquiera tiene una inicial como M y yo tenemos. Ella no es nadie. ¿Pero no estoy esperando demasiado? Me estiro y tomo su mano. Nos bajamos de la banda con nuestros brazos estrechados a través de la división.
Esta mujer y yo nos hemos enamorado. O lo que queda de nosotros.
Recuerdo como el amor era antes. Había complejos factores emocionales y biológicos implicados. Teníamos elaborados exámenes que pasar, conexiones que establecer, altibajos y lágrimas y torbellinos. Era una dura prueba, un ejercicio en agonía, pero era vivir. El nuevo amor es más sencillo. Más fácil. Pero pequeño.
Mi novia no habla mucho. Caminamos haciendo eco por los corredores del aeropuerto, ocasionalmente pasamos a alguien mirando por una ventana o a una pared. Trato de pensar en cosas para decir pero nada se me ocurre, y si algo se me ocurriera probablemente no podría decirlo. Este es mi gran obstáculo, la más grande de todas las limitaciones marcando mi camino. En mi mente soy elocuente; puedo escalar intrincados peldaños de palabras para llegar al más alto techo de la catedral y pintar mis pensamientos.
Pero cuando abro mi boca, todo se viene abajo. Hasta ahora mi marca personal es cuatro arrastradas sílabas antes de que alguna…cosa… intervenga. Y quizás soy el zombi más locuaz del aeropuerto. No sé porqué no hablamos. No puedo explicar el sofocante silencio que se mantiene sobre nuestro mundo, separándonos de los otros como el Plexiglas que separa a los prisioneros de las visitas.
Las preposiciones son dolorosas, los artículos son arduos, los adjetivos son demasiado pedir. ¿Es esta mudez un verdadero impedimento físico? ¿Uno de esos tantos síntomas de estar Muerto? ¿O simplemente ya no tenemos más que decir?
Intento conversar con mi novia, probando unas pocas frases incómodas y preguntas superficiales, tratando de obtener una reacción de su parte, algún movimiento o tic. Pero sólo me mira como si fuera raro. Deambulamos por unas pocas horas, sin dirección, luego ella agarra mi mano y empieza a guiarme a alguna parte. Nos tambaleamos por las escaleras detenidas hacia la pista. Suspiro con cansancio. Me está llevando a la iglesia.
Los Muertos han construido un santuario en la pista. En algún punto en el lejano pasado alguien empujó todas las escaleras movibles en un círculo, formando una especie de anfiteatro. Nos reunimos aquí, nos paramos aquí, levantamos nuestros brazos y gruñimos. Los ancianos Huesudos sacuden sus miembros esqueléticos en el centro del círculo, dando con voz ronca sermones secos y sin palabras con muecas dientudas. No entiendo qué es esto. No creo que ninguno de nosotros lo entienda. Pero es la única ocasión en la que nos reunimos voluntariamente bajo el cielo abierto. La vasta boca cósmica, montañas distantes como dientes en la calavera de Dios, bostezando ampliamente para devorarnos. Para tragarnos y llevarnos a donde probablemente pertenecemos.
Mi novia parece ser mucho más devota que yo. Cierra sus ojos y sacude sus brazos de una forma que casi parece desde el corazón. Me paro a su lado y sostengo mis brazos en el aire silenciosamente. Ante una desconocida indicación, quizás dada por su fervor, los Huesudos detienen su oración y nos miran. Uno de ellos se acerca, sube por nuestra escalera y nos toma a ambos por las muñecas. Nos dirige hacia el círculo y alza nuestras manos en su agarre de garra. Deja salir una especie de bramido, un sonido sobrenatural como una ráfaga de aire corriendo a través de un cuerno de caza, sorprendentemente fuerte, asustando a los pájaros de los árboles.
La congregación murmura en respuesta, y está hecho. Estamos casados.
Nos volvemos a los asientos de la escalera. El servicio se reanuda. Mi nueva esposa cierra sus ojos y sacude sus brazos.
El día después de nuestra boda, tenemos hijos. Un reducido grupo de Huesudos nos detiene en el pasillo y nos los presentan. Un niño y una niña, los dos alrededor de los seis años. El niño tiene el pelo rubio rizado, con piel gris y ojos grises, quizás alguna vez caucásico. La niña es más oscura, con cabellos negros y piel marrón cenicienta, profundamente sombreada alrededor de sus ojos de mirada dura. Ella tal vez era árabe. Los Huesudos los empujan hacia delante y ellos nos dan sonrisas tentativas, abrazan nuestras piernas. Les doy golpecitos en la cabeza y pregunto sus nombres, pero no tienen ninguno. Suspiro, y mi esposa y yo continuamos caminando, mano en mano con nuestros nuevos hijos.
No estaba esperando esto, exactamente. Esta es una gran responsabilidad. Los jóvenes Muertos no tienen el instinto natural de alimentarse que los adultos tienen. Deben ser cuidados y entrenados. Y nunca crecerán. Limitados por nuestra maldición, permanecerán pequeños y pudriéndose, luego se convertirán en pequeños esqueletos, animados pero vacíos, sus cerebros endureciéndose en sus cráneos, repitiendo sus rutinas y rituales hasta que un día, sólo puedo asumir, los huesos mismos se desintegrarán y ellos simplemente no estarán más.
Mirarlos. Observarlos cuando mi esposa y yo soltamos sus manos y ellos se tambalean hacia afuera a jugar. Se molestan el uno al otro y sonríen. Juegan con cosas que ni siquiera son juguetes: engrampadoras y tazas y calculadoras. Se sonríen y ríen, aunque suena ahogado en sus gargantas secas. Hemos blanqueado sus cerebros, le hemos robado el aire, pero aún así ellos se aferran al borde del techo. Resisten nuestra maldición por tanto tiempo como pueden. Los veo desaparecer en la luz pálida del día al final del pasillo. Profundo en mi interior, en alguna oscura cámara con telarañas, siento que algo se mueve.

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