30 de enero de 2012

Extracto de CRAVE "Angeles Caidos de J.R.Ward"


Grier Childe se sentó frente a una mesa de acero inoxidable en una fría silla de acero inoxidable que estaba frente a otra silla de acero inoxidable. Todos los muebles estaban atornillados al suelo y los únicos accesorios eran la cámara de seguridad en la esquina y una bombilla en el techo dentro de una especie de jaula. Las paredes eran de bloques de hormigón que se había pintado tantas veces que parecía empapelado, y el aire olía a limpiador de suelo, a la colonia del último abogado que había estado en la sala y a cigarrillos viejos.

El lugar no podría ser más diferente de donde ella solía trabajar. Las oficinas en Boston de Palmer, Lords, Childe, Stinston & Dodd eran como un museo de muebles y obras de arte del siglo XIX. En Palmer, Lords, Childe, Stinston & Dodd, no había guardias armados ni detectores de metal ni nada atornillado en el lugar para que no fuese robado o derribado por alguien.


Allí los uniformes venían de Brooks Brothers and Burberry.

Ella había estado haciendo la defensa pro bono publico durante dos años y le había costado al menos doce meses quedar bien con la recepción, el personal y los guardias. Pero ahora era como la vieja casa de hace una semana cada vez que volvía y, honestamente, amaba a la gente.

Mucha gente buena hacía trabajos duros en el sistema.

Abriendo el expediente de su nuevo cliente, hizo un repaso de los cargos, la forma de admisión y el historial: Isaac Rothe, veintiséis años de edad, apartamento en la calle Tremont. Desempleado. Sin antecedentes. Detenido junto con otros ocho más como parte de una redada la noche anterior en un salón de juego y ring de lucha subterráneos. Sin necesidad de una orden porque los combates se estaban desarrollando en una propiedad privada. De acuerdo con el informe de la policía, su cliente estaba en el ring en el momento en que se infiltró la policía. Al parecer, el hombre con el que había luchado estaba recibiendo tratamiento en la Mass General…

Son las nueves de la mañana de un sábado… ¿sabes dónde está tu vida?

Bajando la cabeza, Grier cerró los ojos.

— Ahora no, Daniel.

Solo comentaba. Mientras la voz de su hermano muerto entraba y salía de su cabeza, el sonido sin cuerpo la hacía sentirse completamente loca. Tienes treinta y dos años y, en lugar de intimar con algún tío bueno, estás aquí en la estación de policía con un apestoso café…

—No tengo ningún café.

En ese momento, la puerta se abrió de par en par y Billy entró.

—Pensé que podrías querer algo para despertarte.

Bingo, dijo su hermano.

Cállate, le mandó con el pensamiento.

—Billy, eso es muy amable por tu parte —tomó lo que le ofrecía el supervisor, el calor de la taza de papel le quemó la palma.

—Bueno, ya sabes, es aguachirli. Todos lo odiamos —Billy sonrió—. Pero es una tradición.

—Cierto —frunció el ceño cuando él tardó en irse—. ¿Pasa algo?

Billy dio unas palmaditas en la silla vacía a su lado.

—¿Te importaría ponerte aquí?

Grier bajó la taza.

—Por supuesto que no, pero por qué…

—Gracias, querida.

Hubo un golpe. Claramente, Billy estaba dispuesto a cambiarlo todo y nada inclinado a darle explicaciones.

Empujando el informe a través de la mesa, Grier fue al otro asiento, de espaldas a la puerta ahora.

—Esa es mi chica —le dio un apretón en el brazo y salió fuera.

El cambio de posición significó que ella pudiese ver la aparición de su joven y querido hermano. Daniel estaba recostado en un rincón de la habitación, con los pies cruzados a la altura de los tobillos y los brazos entrelazados sobre el pecho. Su cabello rubio estaba limpio y brillante y llevaba un polo de color coral y unos pantalones madras.

Parecía un modelo no-muerto en un anuncio de Ralph Lauren.

Salvo que no le sonreía, como era su costumbre. Quieren que esté frente a la puerta para que el guardia exterior pueda mantener un ojo encima de él. Y no quieren que tú te quedes atrapada en la habitación. Es más fácil salir de esta manera si se pone agresivo.

Olvidándose de la cámara de seguridad y del hecho de que para los demás estaba hablando al aire, se inclinó unos centímetros.

—Nadie va a perder el control…

Tienes que salir de esto. Deja de tratar de salvar a la gente y consigue una vida.

—Aplícatelo tú. Deja de perseguirme y consigue una eternidad.

Lo haría. Pero tu no me dejarías ir. 

En ese momento, la puerta de detrás de ella se abrió y su hermano desapareció.

Grier se puso rígida al oír el tintineo de las cadenas y el deslizamiento de píes.

Y entonces lo vio.

Santa… María… madre… de…

Lo que apareció fue un metro noventa de puro músculo. Su cliente estaba “vestido” con lo que debía ser el uniforme de prisionero y sus manos y sus píes estaban encadenados entre sí y unidos con una cadena de acero que subía por la parte delantera de sus piernas e iba hasta su cintura. Su rostro duro tenía el tipo de mejillas hundidas con cero grasa corporal y su pelo estaba cortado al estilo militar. Tenía algunos moratones alrededor de los ojos, una venda de color blanco brillante en la línea del pelo… y un color rojo vivo en el cuello, como si hubiese sido muy, muy maltratado recientemente.

Su primer pensamiento fue que… se alegraba de que el bueno de Billy McGray le hubiese hecho cambiar de silla. No estaba segura de cómo lo sabía, pero tenía la sensación de que si su cliente lo quisiese, podría coger a Shawn C. en un abrir y cerrar de ojos… a pesar de los puños y del hecho de que el guarda estuviese configurado como un bulldog y tuviese años de experiencia en manejar a hombres grandes y volátiles.

Los ojos de su cliente no se encontraron con los suyos, se quedaron clavados en el suelo mientras el guarda lo empujaba hacia el espacio hermético entre la silla vacía y la mesa.

Shawn C. se inclinó al oído del hombre y le susurró algo.

Gruñendo algo, así estaba mejor.

Entonces, el guarda miró a Grier y sonrió con fuerza, como alguien que no le gusta auqellos, pero que va a ser profesional.

—Ey, estaré detrás de la puerta. ¿Necesitas algo? Solo grita y yo estaré aquí —en voz baja dijo—. Te estoy observando, chico.

Por alguna razón, ella no se sorprendió por las precauciones. Sentado frente a ella, su cliente la hizo desconfiar. No podía imaginarlo moviéndose por la cárcel.

Dios, él era grande.

—Gracias, Shawn —dijo en voz baja.

—No hay problema, señora Childe.

Y entonces ella se quedó sola con el señor Isaac Rothe.

Examinando el tamaño de sus enormes hombros, Grier advirtió que él no estaba crispado o inquieto, lo que tomó como una buena señal –nada de metanfetamina o coca en su cuerpo, esperanzador. Y él no la miraba de forma inapropiada ni echaba vistazos a la parte delantera de su traje ni se lamía los labios.

En realidad, él no miraba a nadie, sus ojos estaban fijos en la mesa delante de él.

—Soy Grier Childe… me han asignado su caso —cuando él no levantó la mirada ni hizo ningún gesto, siguió—. Cualquier cosa que me diga es confidencial, lo que significa que, dentro de los límites de la ley, no voy a revelárselo a nadie. Además, esa cámara de seguridad de allí no tiene señal de audio, así que nadie más puede oír lo que me diga —ella esperó… y él siguió sin responder. Estaba allí sentado, respirando de forma regular, con las manos esposadas sobre la mesa y el enorme cuerpo acomodado en la silla.

En la primera reunión, la mayoría de los clientes que había tenido se habían mostrado de dos formas: encorvados y hoscos o indignados y ofendidos, con una cháchara incesante. Él no. Su columna vertebral estaba recta como una flecha y él estaba totalmente alerta, pero no decía ni una palabra.

Se aclaró la garganta.

—Los cargos en su contra son graves. El tipo con el que estaba luchando fue enviado al hospital con una hemorragia cerebral. En este momento, tiene los cargos de asalto en segundo grado e intento de asesinato, pero si muere, serán el de asesinato en segundo grado u homicidio.

Nada.

—Señor Rothe, si me lo permite, ¿podría hacerle algunas preguntas?

No hubo respuesta.

Grier se echó hacia atrás.

—¿Puede oírme?

Sólo cuando le preguntó si tenía alguna discapacidad no revelada, habló.

—Sí, doña.

Su voz era tan profunda y contenida que ella dejó de respirar. Esas dos palabras fueron pronunciadas con una suavidad que estaba en total desacuerdo con el tamaño de su cuerpo y la dureza de su rostro. Y su acento… vagamente del Sur, decidió.

—Estoy aquí para ayudarle, señor Rothe. Usted me entiende, ¿verdad?

—Sin faltar al respeto, doña, pero no creo que pueda hacerlo.

Definitivamente del Sur. Maravillosamente del Sur, como una cuestión de hecho.

Moviendo la cabeza, dijo:

—Antes de despedirme, me gustaría sugerirle que considerara dos cosas. En este momento, no hay ninguna fianza fijada para usted, por lo que va a quedarse estancado aquí mientras su caso avanza. Y eso podría durar meses. Además, nadie que represente la verdad tiene un tonto como cliente, eso no es solo un dicho. No soy el enemigo. Estoy aquí para ayudarle.

Él finalmente la miró.

Sus ojos eran del color del hielo en las ventanas de cristal y estaban teñidos con la sombra de los hechos que habían manchado su alma. Y mientras esa mirada triste, aburrida y cansada la atravesaba, se le congeló el corazón: supo al instante que él no era un matón callejero.

Era un soldado, pensó. Tenía que serlo –su padre tenía esa misma mirada en los ojos durante las noches tranquilas.

La guerra hace eso a la gente.

—¿Irak? —preguntó en voz baja—. ¿O Afganistán?

Sus cejas se alzaron un poco, pero esa fue la única respuesta que obtuvo.

Grier tocó su archivo.

—Déjeme conseguir su libertad bajo fianza. Empecemos por ahí, ¿de acuerdo? No tiene que decirme nada acerca de por qué fue detenido o lo que pasó. Sólo necesito saber sus lazos con la comunidad y dónde vive. Sin antecedentes anteriores, creo que tenemos que intentar…

Se detuvo al darse cuenta de que él había cerrado los ojos.

Está bien. Era la primera vez que uno de sus clientes se echaba la siesta en medio de una reunión. Quizá Billy y Shawn C. tenían menos de qué preocuparse de lo que pensaban.

—¿Le estoy aburriendo, señor Rothe? –preguntó tras un momento.


* * * *


No. No lo creo.

La voz de su abogada de oficio era una especie de canción de cuna para los oídos de Isaac, su aristocrática inflexión y su perfecta gramática lo relajaron tanto que sintió un extraño miedo de ella. Realmente, había cerrado los ojos porque ella era demasiado hermosa para la vista, pero había habido un beneficio adicional con las luces apagadas. Sin la distracción de su perfecto rostro y su inteligente mirada, era capaz de concentrarse plenamente en sus palabras.

La forma en que hablaba era poética. Incluso para un tipo que no estaba habituado a los corazones y a las flores.

—Señor Rothe.

No era una pregunta, era una demanda. Era evidente que ella estaba harta de su culo.

Levantando los párpados, sintió el impacto de su golpe en el esternón –y trató de decirse a sí mismo que estaba teniendo una impresión tan grande porque hacía años que no estaba junto a una verdadera dama. Después de todo, la mayoría de las mujeres con las que había follado o trabajado habían sido ásperas, igual que él. Así que esa preciosidad perfectamente peinada, bien educada y exóticamente perfumada sobre la mesa era una especie de anomalía sorprendente.

Dios, ella probablemente se desmayaría si le viese el tatuaje.

Y correría gritando si ella supiese lo que había estado haciendo para ganarse la vida durante los cinco últimos años.

—Déjeme intentar conseguir la libertad bajo fianza —repitió—. Y luego ya veremos dónde estamos.

Él tuvo que preguntarse por qué ella se preocupaba tanto por un fregado que nunca había conocido antes, pero había una determinación indiscutible en sus ojos y quizá eso lo explicara: claramente, ella estaba exorcizando alguna clase de demonio estando aquí con la gentuza. Tal vez un caso de rica-culpabilidad. Tal vez era algo religioso. Fuera lo que fuese, estaba condenadamente decidida.

—Señor Rothe. Déjeme ayudarle.

Por eso no quería que se viese envuelta en su caso… pero si pudiese ponerlo en libertad, él podría desconectar e ir, sin duda, al lugar más seguro del mundo: su antiguo jefe no tendría problemas para enviar a un hombre a esta cárcel bajo la acusación de asesinato bajo las narices de los guardas.

Para Matthias, eso sería un juego de niños.

Isaac sintió que su conciencia, que había estado durante mucho tiempo en silencio, lanzaba un grito, pero la lógica era buena: ella parecía la clase de abogado que podía conseguir hacer cosas en el sistema y, por mucho que odiara su participación en el lío que estaba metido, él quería seguir con vida.

—Estaría muy agradecido si pudiese hacer eso, doña.

Ella respiró hondo, como si estuviese tomando un descanso en medio de un maratón.

—Bien. Muy bien, entonces. Ahora, aquí dice que vive en Tremont. ¿Cuánto tiempo ha estado allí?

—Poco más de dos semanas.

Supo por la forma en que ella levantó las cejas que eso no le ina a ayudar mucho.

—¿Está usted desempleado?

El término técnico era ASP (ausente sin permiso), pensó él.

—Sí, doña.

—¿Tiene familia? ¿aquí o en otro lugar del estado?

—No —su padre y sus hermanos pensaban que estaba muerto y eso era muy bueno para él. Y para ellos también, con toda probabilidad.

—Al menos, no tiene antecedentes —ella cerró el archivo—. Voy a ir frente al juez dentro de media hora. La libertad bajo fianza va a ser cara… pero conozco a algunos financieros que pueden poner el dinero.

—¿Cuánto cree que será?

—Veinte mil… si tenemos suerte.

—Puedo cubrirlo.

Frunció el ceño y volvió a abrir su expediente, echando un segundo vistazo a sus papeles.

—Usted dijo aquí que no tiene ingresos ni ahorros.

Como él se quedó tranquilo, ella no le dio más gas y no pareció sorprendida. Sin duda, estaba acostumbrada a que la gente como él mintiese pero, por desgracia, estaba dispuesto a apostar su vida a que lo que él le estaba haciendo aguantar a ella era mucho más de lo que una buena samaritana como ella usualmente soportaba.

Mierda. En realidad, estaba apostando la vida de ella en esto, ¿no? Matthias lanzaba una amplia red a la hora de las tareas y cualquier persona de píe junto a Isaac corría el riesgo de estar en el punto de mira.

Excepto una vez que estuviese fuera, ella nunca volvería a verlo.

—¿Cómo está su cara? —preguntó después de un momento.

—Muy bien.

—Se ve como si doliese. ¿Quiere una aspirina? Tengo unas pocas.

Isaac se quedó mirandose las manos reventadas.

—No, doña. Pero gracias.

Oyó el clip-clip de sus tacones altos cuando ella se puso de píe.

—Volveré después de que…

La puerta se abrió y el musculoso que lo había traído entró.

—Me voy a hablar con el juez —le dijo al guarda—. Y él es un perfecto caballero.

Isaac se enderezó, pero no prestaba atención al guarda. Miraba a su abogada de oficio. Caminaba incluso como una dama…

El guarda tiró duramente de su brazo.

—No la mires —le dijo—. Chicos como tú no deberían mirar a alguien como ella.

El agarre de muerte de Mr. Manners fue un poco molesto, pero compartió la opinión del HDP (hijo de puta).

Incluso si hubiese trabajado como jardinero y hubiese tenido nada más que un par de infracciones, no hubiese estado en alguna parte cerca de esa liga de mujer. Demonios, ni siquiera jugaban al mismo deporte.
© Copyright 2010 by Jessica Bird (J.R. Ward)

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